Como carne, luego existo

Auschwitz empieza dondequiera que alguien mira un matadero y piensa: son sólo animales.
Theodor W. Adorno

Tengo dos pasiones en la vida: la literatura y la cocina. Si me obligaran a elegir una, mi respuesta probablemente me sorprendería incluso a mí misma.
Son las dos únicas actividades que he practicado sostenidamente desde que recuerdo hasta hoy: mi empecinamiento en leer y cocinar, antes que agotarse con el tiempo, se intensifica. Claro que, como debe ser, en aproximadamente veinte años de leer y cocinar muchas cosas han cambiado. Empecé con Mafalda y el Mago de Oz y bizcochuelos de vainilla. Ritual y obsesiva como soy, releí y cociné como si no hubieran existido otros libros por leer ni otros bizcochuelos en el mundo por hornear, hasta que me harté. Luego pasé a los platos salados (papas fritas tan pronto como mi madre me permitió manipular aceite caliente) y algunos libros para adolescentes de nombres hace mucho olvidados (recuerdo aún uno, Piotr, del que me quedó la imagen de paisajes vastos y helados, y un niño atravesándolos solo). Y así el panorama de platos y lecturas fue cambiando. Llegué a sofisticarme considerablemente en la cocina: en un punto mi lomo a la pimienta envuelto en tocino fue alabado hasta por las abuelas de la familia.
Pero hace casi cinco años todo el conocimiento que había acumulado durante tanto tiempo se invalidó para siempre: me hice vegana. Las razones fueron éticas: no quería seguir siendo parte del sistema que hacina, esclaviza, tortura y mata 5.000 animales no humanos por segundo en todo el mundo. Cuando me pregunté si sería capaz de matar con mis propias manos a una vaca o a un cerdo para comerlos, mi respuesta fue no. Y no pude evitar sentirme cobarde e hipócrita por querer convencerme de que pagarle a alguien más para que lo hiciera era más aceptable que hacerlo yo misma. Y así, de un día para el otro, dejé todo: carnes, lácteos, huevos, cueros. Fue ese el momento en que se cifraron ante mí todas las posibilidades del recomienzo: empezar desde el vacío mismo, desde la ignorancia total, a reconstruir un nuevo universo culinario que compensara al anterior y lo superara, porque para mí el placer de comer (y quienes me conocen darán fe) es indispensable para la vida. Y así, en todos estos años, aprendí que la carne es un comodín: hace las cosas más fáciles, pero nada más. Cuando uno carece del comodín, debe ponerse creativo, y cualquiera que guste de cocinar sabe que la imaginación es la base de cualquier plato que merezca ser comido. Así que ya no como carne frita ni pollo al horno, como mucho mejor y no tengo que traicionar mis principios para hacerlo.
En fin, de eso no va este post. Hoy leí un texto escrito por Ana Cristina Franco que, si bien resume los lugares comunes de la sociedad sobre los vegetarianos y veganos, es decir, si bien no es más que el summum del sentido común que domina el imaginario de ese amplísimo sector bienpensante y mojigato de nuestra sociedad que son los omnívoros orgullosos de su ingesta de animales, me movió a escribir algo así como una respuesta. No es una respuesta a Franco: como digo, lo escrito por ella, más allá del tono impostadamente cínico y las ínfulas rebeldosas (que tampoco son nada nuevo, lo sabremos los veganos), no es más que la réplica de un lugar común suficientemente arraigado y repetido hasta la saciedad ahora más que nunca debido al crecimiento de la cantidad de veganos en todos los países del mundo. Es más bien una respuesta a esa necesidad que tienen tantos de estigmatizar lo que no entienden, de burlarse de lo que los apela en cualquier sentido. Es curioso que suelan decirnos a los veganos que predicamos: el discurso del poder siempre quiere perpetuarse a sí mismo, y para eso tiene obedientes peones dispuestos a hacer el trabajo sucio. Así, si los veganos decimos lo que ocurre en mataderos, granjas industriales, peleterías, zoos, circos, etc., se nos acusa de aguafiestas, irrespetuosos, invasivos, proselitistas y sentimentales (llama la atención que quienes nos llaman así no acepten, jamás, ver un video de un matadero, ni siquiera que describamos lo que ocurre ahí). Pero cuando alguien publica en un medio, revista o donde fuere, una sarta de prejuicios y calificativos generalizantes contra un grupo híper diverso y heterogéneo como el que formamos las personas que hemos dejado de utilizar animales para comer, vestirnos o entretenernos, la cuestión pasa por simple libertad de expresión. Foucault llamaría a esto naturalización de los dispositivos de poder: hacer transparente el discurso dominante para configurarlo como lo normal.
Pues bien, los lugares comunes de este texto son muchos: no comer carne es comer cartón, plástico o lechuga, los vegetarianos/veganos nos creemos superiores (tan superiores nos creemos, que pensamos que ningún animal debe morir para satisfacernos… ¡malditos veganos nazis!), nuestra comida es aburrida (“Tal vez lo que más me molesta del vegetarianismo es su airecito correcto, su falta de sabor, su cara aburrida”), no follamos y tampoco comemos ajo (a la repetición mecánica de verdades asumidas nunca le cae mal un poco de disparate: ya que hablamos de vegetarianos, hablemos también de los “hare-krishnas”, para el normal todo lo raro puede entrar en la misma gigante bolsa que uniformiza lo que le estorba). Somos, dice citando muy libremente a la querida Chavela, “seres grises, sin sangre”. Somos seres grises por nuestras elecciones políticas… ¿a esto no se le dice discriminación?
Y ya que se habla de sexo y vegetarianismo (cómo no relacionar carne en proceso de putrefacción con potencia sexual, ¡vaya!), recuerdo ahora algo que pasó en una reunión de trabajo en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Yo estaba sentada al lado de un profesor de la facultad, escritor argentino, cuarentón muy reconocido a estas alturas, cuyo nombre, por discreción, me voy a guardar. Como el hecho de que uno no coma carne llama la atención de la gente más que si uno tuviera tres ojos o un agujero parlante en el medio del pecho, alguien en la mesa mencionó que yo soy vegana. El escritor en cuestión me regresó a ver francamente horrorizado: “Pero, ¿vos no comés milanesa? ¿no comés asado?” Con la cara impertérrita que he aprendido a poner en estas ocasiones, contesté que no. Su cara de horror no mutó, y estaba tan turbado que se le superponían las palabras mientras hablaba: “Pero decime una cosa, ¿vos cogés?” Lo miré bien: su panza prominente, su calvicie prematura, su notable dificultad para respirar (más notable porque es sabido que este hombre nunca ha fumado ni un cigarrillo y no bebe ni siquiera una gota de cerveza ni de ningún tipo de alcohol), me decían que, en cualquier caso, el que no coge es él. Por supuesto, decidí callar: el que especula sobre la vida sexual de otros a partir de dos o tres prejuicios, como diría ese magnífico personaje de Saer que es Carlos Tomatis, “dice de él”.
Para Franco, comer carne es un gesto de resistencia… ¡de resistencia! Ir a un supermercado y comprar una bandeja con un pedazo de lo que fue un animal que quería vivir en una sociedad en la que lo normal es hacer eso y no hacerlo es ser hippie, aburrido, hipócrita, proselitista, ajeno a la pasión, es un acto de resistencia. Elegir no comer animales, entonces, elegir algo tan simple, tan evidente, como no dañar a otros para procurarnos placer, supongo que es demasiado mainstream. Si hay una única cosa que lamento del crecimiento de la población vegana en el mundo, es que al menos antes nos dejaban en paz. Ahora cada hijo de vecina tiene incorporado el discursete de la elección personal, de la falta de proteínas o, en el caso de los chicos artistas cool que necesitan rocanrol en sus vidas (en forma de carne, el resto nos la pasamos a punta de Mozart y brócoli), esta idea, tan estúpida, tan estúpida realmente, de que quienes no comemos animales somos alguna especie de zombies sin sangre, sin chispa, sin qué sé yo. Yo me pregunto: ¿a quién conocieron así? ¿conocieron en verdad a alguien así, al menos, antes de traspasar esas características a todo un grupo inmenso y diverso de personas? ¿Tan jodidamente difícil es abandonar el pensamiento binario que hace de todo lo que no me gusta una mierda sin gracia? Pienso en mi esposo y en mí, ambos veganos. Ambos nos dedicamos a la literatura, y creo que hasta ahí llegan las similitudes, porque si algo nos une, es precisamente la radical diferencia de nuestras personalidades: metalero irredento, tímido, frontal y de pocas pulgas versus beatlemaníaca, parlanchina, obsesiva y adicta a las emociones fuertes. ¿En qué punto del agudísimo retrato de esta chica coincidimos él y yo, siendo ambos veganos? Gran incógnita. Somos veganos (habiendo sido unos choripaneros infames) porque ambos creemos que la justicia y el respeto no deben restringirse a quienes pueden exigirlos sino, y sobre todo, que debe extenderse a quienes no pueden defenderse. Qué tan básico es el pensamiento que asume que abusar de otros que están a nuestra merced es ser un bacán, portador de toda pasión, estandarte del roncanrol, es algo que nunca dejará de sorprenderme.
No puedo hacerme cargo, en este post, de la ignorancia culinaria de la gente. No por nada doy talleres de cocina y mi facebook es un gran álbum de fotos de cocina vegana; en este punto pensar que ser vegano es comer cartón es tener muy poco mundo. Tampoco tengo ganas de defender el placer de vivir de los veganos: el razonamiento que nos uniformiza como seres apáticos que viven dos centímetros por encima del suelo es tan precario y aldeano que al que quiera creérselo le servirán poco y nada los argumentos o la simple observación de campo. Lo que tienen a favor los discursos falaces es que para responderlos se necesita mucho más tiempo que para enunciarlos. Tomo por ejemplo este párrafo del texto de Franco:
“Dirán que el concepto de vivir en esta era está denigrado, que el placer es más completo en las finas hierbas, que es una era en la que el alimento no está relacionado al espíritu. Sí, sí, todo lo que quieran, pero, ¿cómo puedes decir que has vivido si no has probado un lomo tres cuartos? Seguidores de Diógenes, el fin del deseo, ¿es humano?”
¿Cómo le respondo, en este espacio tan acotado, que no sé de dónde sacó que el concepto de vivir está agotado, que estoy más viva que nunca, que su referencia a las finas hierbas es una tontería porque la primera vez que probé algo a las finas hierbas fue un lomo fino, que el alimento sí está relacionado con el espíritu y el espíritu con el cuerpo y que un filete de seitán frito es una experiencia en ambos sentidos? ¿Cómo le digo que probé mil lomos tres cuartos y que su concepto de vida, en el que basa su prejuicioso y prepotente texto, haría revolcarse a Nietzsche en su tumba? Sobre todo, ¿cómo le digo que los veganos fuimos antes consumidores de carne y que la que no sabe de lo que se está perdiendo es ella, aferrada a mandatos culturales que quiere hacer pasar por pura pasión del cuerpo? ¿Que lo que, casi graciosamente, llama resistencia es probablemente el engranaje más constitutivo del sistema? ¿Cómo le digo que su igualar el no comer carne con “el fin del deseo” o con una vida sin placer es una soberana estupidez y que cuestionar nuestra humanidad roza lo fascista? (Ahora vienen los indignados a decirme que soy una intolerante, así funcionan los discursos de poder).
Me quiero detener únicamente en un punto, que me resulta doloroso y tristísimo, y que citaré del texto de Franco por comodidad pero, insisto, no es más que una creencia generalizada:
“Nada más desagradable que un cartón que quiere ser carne. ¡Atrevido! Es lo mismo que el tabaco electrónico, el café descafeinado o el sexo virtual, una triste simulación del placer que carece de la parte esencial: lo que destruye. ¿Cómo se puede sentir placer si ya no está prohibido? Así la copia sea idéntica al original, si no duele, no vale.”
No sé de tabacos electrónicos, de café descafeinado ni de sexo virtual. Si sé de carne, porque la comí en todas sus formas durante 25 años de mi vida. También sé que no soy tan frívola ni mi vida interior es tan poca cosa como para reducir mi capacidad de sentir placer a la ingesta de carroña. Sé que es fácil posar de rebeldes destructores y transgresores cuando los cuerpos en sufrimiento están ocultos tras paredes gruesas en lugares alejados, cosificados aunque sientan y piensen; sé, de sobra, que todos somos rocanroleros y amamos la destrucción detrás de una pantalla de computadora y comprando la porción de cadáver una vez que ha sido alienada del cuerpo que fue antes, una vez que está cortada y bien presentada en la góndola del supermercado (es curioso que esto del roncanrol y el placer extremo se parezca tanto a las prácticas burguesas de cualquier ama de casa). “Si no duele, no vale”, o dicho más honestamente: si no le duele a otro, no vale para mí; tras la fórmula cool hay siglos y siglos de naturalización filosófica y política de la discriminación y aplastamiento del otro, del diferente, del que reside en el afuera del Logos. Y a la pregunta “¿Cómo se puede sentir placer si ya no está prohibido?” respondería: tranquila, comer animales no está prohibido, de hecho es lo que casi todo el mundo hace, es lo que hace hasta la viejecita más inocente que veas pasar por la calle, ella también corta con sus deditos frágiles capas de tendones, venas y músculos; ella, también, como tú (pero no como nosotros, los zombies veganos) está viviendo al límite, llena de rocanrol, llena de joie de vivre.


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