Me aburre la grandilocuencia de las apelaciones indiferenciadas a la multitud (somos est*s, somos est*s otr*s, somos también aquell*s...). La verdad es que no, no somos tod*s, ni tod*s somos «todo». Y hasta ahora no me he encontrado con ninguna vez en la que esa inclusión signifique algo más que el goce retórico de la plusvalía del término. Ese tipo de retóricas, que aparecen como políticamente radicales, incluyentes y movilizantes, tienden a encubrir la falta de participación real de ciertos colectivos, la ausencia de articulaciones críticas y, en general, el desinterés por desmontar los beneficios estructurales del privilegio de quienes cuentan
Por Mauro Cabral
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