Sin palabras


No he logrado darle palabras –ni siquiera para mí, ni siquiera en ese lenguaje sin signos que a veces compartimos con nosotros mismos– a la oscuridad y al estremecimiento que tomaron mi palabra y la convirtieron en silencio. No dispongo de palabras, sino de silencio. Me hunde el silencio. Todo un fracaso filosófico, la verdad.
Los mensajes siempre cariñosos de Amigos y Amigas cuyo afecto me es entrañable y cuya fe respeto y admiro sinceramente me obligan a escribir algo, como si lo necesitaran, cuando en realidad no es así. Pero entiendan que lo hago sorteando el vacío inmenso de una palabra arrebatada, una voz inexistente, un silencio íntimo y oscuro.

Mil formas de análisis fácil, para mostrar la irrelevancia de la nacionalidad compartida, la triste representatividad que ostenta, proveniente del voto de 115 macabros payasos elegidos por los peores papas del siglo como coronación de un plan sistemático de impugnación de las conquistas e institucionalización de las debilidades de la Iglesia del Vaticano II.
Para América Latina es un escándalo. Para Argentina un horror. La elección del primer papa latinoamericano veja una vez más las necesidades, la esperanza y la fe de millones de cristianos de este continente y, en definitiva, de todo su doliente pueblo; porque demuestra quiénes son, fueron y seguirán siendo los latinoamericanos cuya voz se escucha en la Corte de la Monarquía Pontificia y en los centros del poder. Sólo aquéllos dispuestos a dar su vida y su dignidad para impedir la justicia y para mantener el sistema. En este caso, alguien lo suficientemente brillante como para cambiar todo aquello que se necesita para lograr que no cambie nada. El capitalismo y su megafábrica de miseria y exclusiones sigue contando con un Sumo Pontífice que defienda sus intereses, sus pretensiones y su estructura en nombre de Dios, del derecho natural y del orden establecido, esta vez, como sólo un latinoamericano puede hacerlo.
Es jesuita, pero no como Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Armando López, Ignacio Martín Baró, y Joaquín López y López, brutalmente asesinados – literalmente destrozados– junto con Elba y Celina en El Salvador, por haber traducido el valor y la enseñanza del obispo Romero en un proyecto de transformación, de revolución y de esperanza, como la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Ni como Ramón Hurtado, ni como Arrupe, ni como Sobrino. Ni como Orlando Yorio y Francisco Jálics, secuestrados y torturados por los militares tras haber sido entregados por él mismo cuando era  su Provincial.
Es obispo latinoamericano, pero no como Romero, ni como Helder Cámara, ni como Pedro Casaldáliga, ni como Ernesto Cardenal.
Argentino, pero no como Angelelli, ni como Zaspe, ni como Novak, ni como De Nevares, ni como Hessayne, ni como Pironio.
Peronista “de la primera hora”, pero no como Carlos Mujica.
Peronista de Guardia de Hierro.
Todos ellos y una multitud de otros y de otras (me he cuidado de nombrar sólo sacerdotes y obispos, para honrar la iglesia clerical que este Papa representa), fueron el tipo de latinoamericanos que el Vaticano ignoró, combatió y castigó cuando pudo, cuanto pudo y como pudo. Para todos ellos, predicar el Evangelio exigía cambiar las condiciones y combatir el sistema que impiden escucharlo, entenderlo y vivirlo. Para todos ellos celebrar la Eucaristía fue luchar por crear las condiciones para compartir el pan.
Bergoglio nos seguirá sorprendiendo, como hizo en Buenos Aires durante su arzobispado y ayer en el Vaticano al salir al balcón, con gestos de humildad y de sencillez; se acercará sinceramente a los pobres para bendecirlos y ayudarlos, a los enfermos para consolarlos. Seguirá de este modo demostrando –como hasta ahora– que el mundo necesita que la Iglesia ponga al centro la caridad, para que siga habiendo pobres. Una versión elegante del típico populismo argentino.

“Francisco”…
Semejante cinismo.
¡Francisco fue Juan XXIII! ¡La puta madre! ¡Francisco fueron Orlando Yorio, y Francisco Jálics, cuyo cuerpo y cuya sangre, como la de Nuestros Treinta Mil, fueron devorados por el mismo Capital y por la misma Religión que ahora festeja, se alegra y se conforta en la fe! De esa comunión me he apartado y no retornaré jamás. Aunque a mí, como a todos los que compartimos esta tierra y esta historia, me siga salpicando la sangre de los muertos y el olvido de los que olvidan.
Por Carlos Martinez Ruiz

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