El sexo en silicona


Lo que llamamos el “sexo“ nos recuerda todo el trabajo de sexuación de los cuerpos, un trabajo que hace uso de las modalidades de afecto, tanto discursivas como materiales.

En el tiempo de la vida de los individuos se efectúan múltiples  e incesantes intervenciones sociales sobre la propia carne de los cuerpos, para hacerlos masculinos y femeninos. Collette Guillaumin escribe que una de las funciones sociales del cuerpo es “actualizar, hacer visible lo que es considerado como la división fundamental de la especie humana : el sexo , división fundadora del sistema social que supone implícitamente lo que deber ser toda sociedad posible“.

La historia  de la fábrica médica de los cuerpos sexuados, muestra que las normas del género dirigen un tipo de intervenciones sabias sobre los cuerpos, en lo cual la finalidad es literalmente la incorporación de un sexo biológico (varón o hembra)

Aquí no hablo de un conjunto de técnicas de socialización que va a hacernos reconocer inmeditamente identificad@s como hombre o mujer. Esas técnicas aunque necesitan innumerables manipulaciones mecánicas sobre el cuerpo, de mutilación  (modificaciones corporales, mutilaciòn sexual...)o superficiales (maquillaje...) todavía no son total y perfectamente interiorizados.


El sexo en silicona : historia de las ciencias e historicidad del género.


            La fábrica médica de cuerpos sexuados no es una metáfora; la incorporación del sexo es una práctica efectiva. Entre las técnicas, mayoritariamente empleadas por los médicos, las que se utilizan más en los países industrializados, son los tratamientos hormonales. Los tratamientos hormonales, a pesar de usar anticonceptivos, trabajan en el mantenimiento de la apariencia de lo que es «verdadero», con sus características  fisiològicas inmediatamente reconocibles ; es lo mismo para los tratamientos contra la «impotencia» o los esteroides anabolizantes que fabrican y construyen los cuerpos de hombres que tienen todos los signos «típicos» de la masculinidad.,Es efectivamente interesante acordarse que un tratamiento como la píldora anticonceptiva  tiene como función la de impedir la ovulación y tiene por consecuencia, suprimir la regla. Cuando no hay fecundación el endometrio se necrosa, cae y provoca hemorragia, que es lo que llamamos “regla“. Pero, con la píldora anticonceptiva, el cuerpo médico prescribe generalmente la toma cotidiana de hormonas durante 21 días y parar durante 8 días, para provocar una hemorragia que se parece  a la regla pero que no es regla porque no hay ovulación. Desde el principio de la investigación sobre los anticonceptivos orales, en los años cincuenta, el hecho de provocar la “regla“ fue una táctica adoptada con conocimiento de causa por los creadores de la píldora, que en efecto querían evitar reacciones negativas de las mujeres y la Iglesia. Entre 1952 y 1954 John Rock obstetra reconocido de Harvard y católico, somete a unas mujeres a los primeros test. El endocrinólogo americano Gregory Pincus, padre de la píldora, preconiza entonces el disminuir las dosis de progesterona y reducir la toma a 20 días, para que pueda provocar “la regla“ y así lograr la aceptación del tratamiento como método  anticonceptivo “natural“. Gregory G. Pincus trabaja desde 1951  sobre los efectos inhibidores de la ovulación de la progesterona sobre hembras de los conejos y ratas. En 1955, presentó sus resultados durante la quinta conferencia anual de la liga internacional para la «planificación familiar» en Tokyo. El mismo año, el laboratorio farmaceútico G.D Searle presenta “Enovid“ primer anticonceptivo oral, con la aprobación del Found and Drug Administration. Pero faltaban ensayos clínicos. Y se van a efectuar en Puerto Rico (los 1eros ensayos serán hechos en la misma época en que  muchas compañías americanas  se instalarán en la isla para beneficiarse de la mano  de obra muy barata) en México y Haití, principalmente sobre mujeres pobres que no saben  que están siendo sometidas a un nuevo tratamiento (no hubo ningún embarazo en las mujeres sometidas al tratamiento en Puerto Rico), pero los efectos segundarios fueron numerosos y mayoritariamente peligrosos. (Dolores de cabeza, vértigos, dolores estomacales, desvanecimientos, náuseas, etc)

            Así se mantiene gracias a las técnicas químicas una definición normativa de la feminidad, que se caracteriza por un cuerpo impedido y caracterizado por su debilidad durante las hemorragias mensuales que son reglas falsas pero esto sólo es válido para unas mujeres. En esas condiciones no se puede hablar de regla verdadera o falsa, ni tampoco de verdaderas mujeres, en la medida en que no existen identidades sexuales originales qué  reproducir o copiar químicamente.

            En el caso de los implantes hormonales, generalmente no utilizan progesterona y tienen efectos invasores en la ovulación. Al contrario de los anticonceptivos orales, la mayoría de los implantes hormonales suprimen la regla -falsa-, o la vuelven muy irregular (aunque provoca también hemorragias pero son efectos secundarios de la acción hormonal sobre el endrometrio) Aunque los implantes hormonales actualmente se  tienden a utilizar en los paises ricos e industrializados fue en los años 9O donde una de las firmas que comercializa  esa técnica recibe la autorización de la FDA, para difundirlos  en los paîses del sur (Tailanda, Kenya, Haiti, Rwanda...). Particularmente utilizados dentro de la política de regulación del nacimiento, aseguran una  fiabilidad  record en términos anti-conceptivos  gracias al hecho de que los implantes son puestos de manera relativamente permanente (3 o 4 años) y que la eficacia de la acción no depende de las mujeres : una vez que autorizan la puesta del implante de silicona, sin una garantía absoluta de la comprensión del funcionamiento anticonceptivo ni de un conocimiento de los eventuales riesgos que asumen, no pueden parar el tratamiento como en el caso de la píldora y se elimina el problema del olvido de  tomar las hormonas porque de todas maneras  éstas siguen siendo difundidas en su sangre. En este caso, la supresión de la regla no constituyó el mismo problema que la píldora,  destinada a las mujeres de países ricos. Todo pasa como si el cruce del informe del género, de “raza“ y de clase, modificara considerablemente las definiciones normativas de la femenidad y en el caso de las mujeres pobres, el mantenimiento químico de los signos exteriores de la feminidad (por ej : la regla) fue menos importante  que la eficacia de la política de regulación del nacimiento. Prueba de ello es el hecho de que los implantes hormonales se beneficiaron de una promociòn apoyada por los autoridades públicas gubernamientales en los Estados Unidos, de manera casi exclusiva la campaña del producto fue dirigida a las adolescentes negras de los ghettos, «hijas-madres», mujeres pobres que viven con ayudas del Estado o mujeres perseguidas por abuso a niños,  todas categorias políticas en las que hay un rechazo de la aceptaciòn eminentemente normativa de los parámetros sociales y raciales de la feminidad (mujeres negras, pobres, o criminales...)

            Los tratamientos hormonales demuestran el mantenimiento de dos cuerpos sexuados típicos y distintos. Hasta la introducción de técnicas anti-conceptivas químicas, podiamos decir comúnmente que la reproducción sexuada atestiguaba que existía «de natura» dos sexos. Pero, a partir del momento que la reproducción deviene, por una parte, una elección y no una tarea en la cual las mujeres están inexorablemente condenadas, las identidades sexuadas deben ser mantenidas técnicamente, naturalizadas en la ausencia misma de una normatividad natural imperiosa. La paradoja se encuentra en el hecho de que es la misma  investigación médica  la que provocó una crisis de las identidades sexuadas : queriendo mantenerlas absolutamente, solo ha conseguido exhibir la tecnificación  que  preside la fabricación del sexo. El cuerpo sexuado «en sí» nunca es accesible. El cuerpo es cogido desde fuera de la cultura,  pertenecer  sin embargo a la cultura, o como lo escribe Ludwick Fleck en 1935  a propósito de la historia de múltiples concepciones y representaciones médicas del sexo : «En la ciencia, como en el arte o en la vida, no hay otra fidelidad a la naturaleza que la fidelidad a la cultura». Así la expresión naturalizada puede ser definición del sexo por una relación de poder, la expresión biologizada del género.

            Esta configuración teórica del sexo y del género no es característica del periodo reciente: No se trata ahora para nada de medios técnicos elaborados a tal punto que parecen capaces de reproducir los cuerpos conforme a las normas de género. La crisis a la que hemos asistido con los tratamientos hormonales anticonceptivos declina bajo otras formas a lo largo de la historia del pensamiento médico, la Meca de la definición y manipulación de los cuerpos. Esa crisis, muy lejos de ser sintomática de una era técnica de la medicina, màs bien nos obliga a redefinir los instrumentos epistemológicos que tenemos para pensar la articulación crucial entre la historia y las ciencias - la historia del sexo y de las teorías médicas de la sexuación – y la historicidad de la dominación - La historia política de las relaciones de género como relaciones de poder.

            Históricamente, la crisis de las identidades sexuadas (M/F) no solo concierne a  lo que llamamos los caracteres sexuales llamados «secundarios» (seno, pelos, corpulencia...) sino al sexo en sí mismo, o más exactamente según el dicho fundamento natural de la «bi-categorización sexual» de los individuos. Lo vemos no solo por la ingeniosidad técnica para fabricar cuerpos como toma forma en dos, y sólo dos, categoría de sexo, sino también en los esfuerzos teóricos desplegados para encontrar criterios infalibles para la división sexuada de la humanidad en hombres y mujeres : son los órganos genitales?  El sexo hormonal? el sexo cromosómico? el poder médico históricamente ha trabajado para paliar tensiones y contradicciones teóricas, a escamotear la existencia de casos excepcionales, de casos  límites susceptibles de minar al modelo explicativo de la bi-sexuación. En ese sentido, la cuestión del hermafroditismo, los casos de ambigüedad sexual que vuelven difícil la asignación de  un sexo, fue la ocasión de una crisis larga en la historia del pensamiento médico y las teorías de la diferencia sexual o de la diferenciación sexuada.

            Al final del siglo XIX, gracias en la anestesia, a la laparotomia, a la biopsia, y a la antisepsia, los tests realizados a las personas vivas, permiten poco a poco demostrar que los caracteres sexuales son imbricados, interior y exteriormente, que es imposible  dejar los órganos genitales externos o las gónadas (es decir ovarios y testículos) , justificar la mutilaciones irreversibles que se hacen  a las personas que presentan una ambigüedad sexual ; con mayor razón  después del descubrimiento de la existencia  de gónadas mixtas que tienen unos individuos, gonadas llamadas «ovatestis». Así, William Blir Bell, confrontado en 1915 al caso de S.B, de 17 años que tiene caracteres sexuales secundarios, y tejidos gonádicos mixtos (ovotestis), es uno de los primeros que renuncia al dictamen arbitrario de las identidades gonádicas (ovario/testículos). Salida entonces  del sexo gonádico: ovarios y testículos no pueden constituir un criterio infalible para las identidades sexuales. Se abre así una verdadera búsqueda de la Natura. Al fin del siglo XIX y al principio del siglo XX, las hormonas aparecen como el fundamento natural tan buscado para la bi-categorización sexuada. Sin embargo, muy rápidamente, la búsqueda biomédica se da cuenta que las hormonas llamadas sexuales tiene funciones más complejas que la mera sexuación de los cuerpos; que las hormonas llamadas «masculinas» y «femeninas» están presentes en las mujeres y en los hombres; las hormonas «masculinas» pueden tener efectos feminizadores en algunas circunstancias y a la inversa. Al inicio  del siglo XX y en el curso de la segunda  mitad del siglo XX, las investigaciones genéticas intentan traer una solución a la crisis del sexo : pronto los cromosomas XX y XY serán considerados como determinantes últimos del sexo de los individuos. Pero de nuevo las contradicciones y las excepciones abundan y ponen en cuestión no solo la validez del criterio, sino también el paso fundacional en sí mismo. Estimamos que 10 % de los individuos son «hombres» que tienen una fórmula cromosómica XX o «mujeres» que tienen una formula XY, que hace del sexo cromosómico un criterio de lo más falible.

            La plasticidad y la singularidad de los cuerpos, la multiplicidad natural de los conformaciones sexuadas, -o al nivel de los caracteres llamados «segundarios», como el pelo, la voz, los senos, los órganos genitales externos... o al nivel de caracteres «primarios» y los aparatos genitales en sí mismos- es tal que cualquier fundamento natural de la bi-categorización sexuada parece al final difícil de encontrar  o solamente aproximativa. En esas condiciones, gracias a las investigaciones sobre la  intersexualidad, las teorías actuales sobre «el sexo» hablan desde entonces, no de la identidad sexuada varón o hembra de los cuerpos sino del proceso progresivo de sexuación de los cuerpos ; o el desarollo progresivamente diferenciado de un mismo aparato genital, como lo muestra el dibujo anatómico aquí abajo. Consideramos que el proceso de sexuación es polarizado, en el sentido de que participa en la reproducción sexuada, es decir en la función fisiológica que necesita aparatos genitales dotados de características distintas, como la respiración por ejemplo, y que es muy puntual ( los Hombres no pasan su vida en el  coito reproductor), podemos considerar que el sexo «biológico» no es reductible a la reproducción sexuada. Hablando cientificamente, hay conformaciones sexuadas, sexos, y no dos «sexos» varón o hembra.




             -referirse al texto fracés para el dibujo :-) -




Judith Butler lo escribe justamente: «Aunque el cuerpo de las mujeres de modo general tendría que ser fecundable,es lo mismo si  los niños de pecho, niños de sexo femenino, mujeres ancianas, y por fin mujeres de todas las  edades, pueden o no pueden ser fecundadas. Esa no será necesariamente la característica fundamental de sus cuerpos y tampoco de su ser siendo mujer. La pregunta hace de la problemática de la reproducción un elemento central de la sexuación  del cuerpo. Pero yo no estoy segura que sea, o a lo menos de que  tiene que ser, un aspecto eminente o primero en la sexuación del cuerpo. Si es del caso, se trata de la imposición de una norma, no de una descripción neutra de límites biológicos.

un monumento en palma de mallorca


El sexo en la punta del bisturí : pensar la crisis



            La larga historia del sexo es la ilustración perfecta de la historia social y política de una crisis científica, entendida como el punto crítico al cual llega una teoría cuando deviene incapaz de dar cuenta de un fenómeno. Los principios «biológicos» aproximativos de la bi-categorización sexuada, el sexo gonádico, el sexo hormonal o el sexo cromosómico, no pueden dar perfectamente cuenta de las conformaciones sexuadas inéditas de los cuerpos, de las excepciones numerosas e irreductibles a las categorías binarias de lo masculino y lo femenino, lo que deja pensar que existe más que dos sexos.

            Definida en esos términos, esa crisis histórica del «sexo» puede ser entendida bajo el modelo de la historia de las ciencias, en esa misma línea de Gaston Bachelard. La historia científica del sexo o de la sexuación puede entonces ser de los diferentes «obstáculos epistemológicos», en lo cual la ciencia biológica se ha progresivamente liberado para llegar a un conocimiento en ruptura con el conocimiento inmediata, hasta contradecir el sentido común. Por supuesto, para acceder a al conocimiento científico supone superar obstáculos que tiene que ver con el acto de conocer, más bien que acceder a las dificultades exteriores que pone a la luz la fugacidad o la complejidad del objeto de conocimiento, por ejemplo. «la realidad no es lo que pudiéramos creer pero siempre es lo que hubiésemos pensado. El pensamiento empírico queda claro, después, cuando el aparato de las razones fue puesto aclarado (...) nada  cae bien. Nada está dado. Todo está construido.» Al fondo, lo que muestran hoy las investigaciones científicas  sobre los procesos de sexuación de los cuerpos humanos es, contrariamente a la opinión común, que hay varios sexos. Así, la bi-categorización sexuada de los individuos debe ser entendida como un obstáculo epistemológico en el cual la ciencia o, precisamente, las teorías sobre la sexuación progresivamente sean liberadas. La bi-categorización entonces está del lado del conocimiento inmediato, de la experiencia primera, mientras que el proceso de sexuación polarizado está  del lado del espíritu, de la experiencia científica - indirecta y fecunda, como lo califica Bachelard. El esquema explicativo entonces puede reducirse aquí a la relación histórica entre el discurso científico y el conocimiento vulgar.

            Podemos considerar que la epistemología racionalista del «sexo», tal como pudiera elaborarse sobre el modelo de una filosofía de las ciencias a lo Bachelard, es particularmente heurística (-a la vez que permite pensar en la historicidad teórica, científica del «sexo», haciendo de la bi-categorización un verdadero «obstáculo epistemológico» del que las teorías de la sexuación se vieron obligadas a liberarse -) siendo esto algo tampoco llega a explicar : se trata de la persistencia de una creencia y de una práctica científica que contradice la racionalidad de la teoría en donde pretende sin embargo ser la aplicación. ¿Cómo explicar que médicos sigan interveniendo sobre los cuerpos con la finalidad de mantener y materializar alguna aceptación de las normativas de las identidades sexuadas? « Aunque un enunciado ha sido combatido, crecemos con las problemáticas que le están asociadas y que, circulando al interior de la sociedad, llegan a  reforzar su poder social. Esa problemática deviene una realidad evidente que, de su lado, condiciona entonces otros actos constitutivos del conocimiento.»

            Por cierto es esa distorsión, o esa contradicción interna entre creencia/práctica científica y teórica científica la que parece establecer un verdadero problema epistemológico.

Y, más que evacuar la afirmación de  que se trata aquí de un  remanente de prenoción y de prejuicios, ¿no debería enfrentarse a la dificultad de interrogar nuestro acercamiento epistemológico de la crisis? Así, en la historia de la ciencia, no tendríamos dos sino tres tipos de crisis : La crisis ligadas a las rupturas entre la ideología del ambiente  y la cientifidad naciente, Las crisis ligadas a un statu quo, que hacen de la situación crítica un régimen casi permanente. En otros términos, todo tiene lugar como si, una vez superados  todos los «obstáculos epistemológicos», relativos a una psicología del conocimiento, nos encontráramos frente a un otro tipo de obstáculo, instaurando una situación de crisis no pasajera sino crónica. Podríamos entonces preguntarnos, en qué medida un conocimiento científico puede tener interés manteniendo la crisis de su mismo sistema, de sus propios fundamentos o principios? Una crisis de definición, la de la sexuación de cuerpos, ¿puede tener otra función diferente a la que está comúnmente asociada, a saber,  la de un factor de desestabilización o de puesta a  prueba? En qué medida, al contrario, la situación de crisis puede funcionar como factor de estabilidad relativa? En qué medida, y en cuales condiciones, la crisis, lejos de quebrantar un sistema categorial, puede permitir  asegurar su perennidad? Si nos referimos a las múltiples concepciones históricas de los cuerpos sexuados, podemos intentar probar esa hipótesis y  entender esas cuestiones.

            Volvamos más en detalle sobre esa distorsión crítica entre sexuación y bi-categotización particularmente problemática respecto al pensamiento médico. Para hacerlo, voy a analizar los diferentes procedimientos definidos por los protocolos colocados en el marco de los nacimientos de niños que atestiguan una «ambigüedad genital», que vuelve delicado o difícil la asignación a uno o dos únicos sexos reconocidos por el Estado civil. Además en ocasión de los fenómenos de hemafroditismo, a finales de los años 50 y al principio de los años 60, la comunidad  del saber elaboró el concepto de sexo social o de género. El origen de la noción de género es médico. John Money es el primero que utiliza el término de «género» para designar la identidad sexual de los individuos, la que puede definirse como la manera en lo que nos percibimos como  hombre o mujer; pero, según Money, en el caso de algunas personas, esas percepciones son contradictorias con el sexo biológico varón o hembra o están en contradicción con el sexo elegido por el equipo médico al nacer del niño llamado «hemafrodita», o «intersexuado». En el caso de los intersexuad@s, la ambiguedad sexual se debe a los desarrollos hormonales, o un cruce cromosómico rarísimo. Representan entre 1% y 2% de los nacimientos. Pero, la intersexualidad hace retornar la dualidad del sexo biológico hasta el punto de que  tanto los protocolos de tratamientos, particularmente bajo la influencia de John Money en los Estados Unidos, se concentran ahora sobre el género o los standares del «sexo social» para normalizar los cuerpos. El género vuelve, en esas condiciones, al fundamento último del sexo.

            Cuando nace un niño con una anatomía genital inhabitual, una comisión de especialistas (compuesto generalmente de cirujanos plásticos, urólogos, endocrinólogos, psicólogos, trabajadores sociales) deciden, muchas veces en tiempo de 48 horas, la necesidad y  las modalidades de intervenciones quirúrgicas y  los tratamientos hormonales según el género que aparentan de manera creíble los órganos genitales del niño. Si es técnicamente posible, se construye una vagina en cualquier individuo, ya que un pene que funciona es más complicado de realizar. La inmensa mayoría de las intervenciones de cirugía plástica tienen criterios: la talla del pene o del clítoris (con más de 2,5cm fabricaremos un pene, de bajo de 0,9cm, un clítoris), una vagina apta para la penetración, la posibilidad de orinar en posición femenina o masculina ( sentada o de pie). La penetración es el único criterio de una vagina acertada : la amplitud de la apertura, la lubricación, la sensibilidad orgásmica no son prioridades, mientras que el pene acertado debe ser apto a la erección y de talla aceptable para los cánones de virilidad. ¿Cómo podemos expresar más claramente que la vagina, el pene, los labios y el clítoris no inducen ninguna binaridad sexuada «biológica», la definición de sus funcionalidades obedecen a las únicas prerrogativas hetero-sexista de las relaciones del género? La identidad cromosómica o de las gónadas no son los fundamentos últimos del sexo  sino los factores determinantes de una elección de la identidad? Un Índice importante para anticipar la posible evolución de la sexualización en la pubertad, está también provocada por padres desconcertados e inquietos por la ambigüedad sexual de su hij@ y de las consecuencias psicológicas y sociales. No obstante, son  incomensurables los traumatismos de los niños que han devenido adolescentes o adult@s. Para la mayoría de ellos, aunque han sido decididas, las operaciones tardías o repetidas, constituyen una violencia indescriptible.

            La pretendida reconstrucción del «verdadero» sexo (varón o hembra) es tan costoso que se funda in fine sobre el arbitrario del género y  no borra nunca totalmente los rastros de la singularidad de una conformación sexuada, entre tantas otras posibilidades:


                                 -referirse  dibujo del texto en francés-

El hecho que el género sea utilizado como el fundamento último del sexo, lo que atestiguan los protocolos de reasignación de sexo efectuados sobre los niños intersexuad@s  muestra que la norma está exhibida en toda su dimensión social e histórica y se expone a la crítica. Pero, el riesgo es inevitable: o aceptamos que no hay dichos criterios «naturales» infalibles, en lo cual el valor normativo está  considerablemente debilitado por el hecho de su carácter social y por supuesto convencional, arbitrario. Así, en 1995, una encuesta conducida por un equipo de médicos  alemanes, fue publicada en el muy serio Journal of Urology.  Fueron sometidos a la encuesta  500 hombres genitalmente «normales» - es decir declarados al nacer y viviendo enteramente como hombres – quienes  efectuaron  una visita al hospital entre noviembre 1993  y septiembre 1994 para un  tratamiento benigno de la uretra debido a  un cáncer superficial de la vejiga que no requería una intervención quirúrgica. La encuesta mostró  que 275 de ellos,  55%   podían ser etiquetados «normales» según los criterios médicos de normalidad peniana aplicadas a los niños intersexuad@s. Los restantes, el 45% testifican diferentes características anatómicas o fisiológicas que pueden significar, en el ámbito de los criterios aplicados a los niños intersexuados, una identitad sexuada ambigüa. Entre otras características, podemos citar lo que los expertos en intersexualidad llaman «hypospadie» o hypopadia, es decir una conformación anormal del canal de la uretra (apertura del canal, llamada para el hombre el «méat» urinario, pudiendo situarse sobre una línea que conduce de la extremidad de la vara - lo que llamaremos como su siège «normal» -, hasta el scrotum), pudiendo ser sintomático, siempre para esos mismos médicos, de una ambigüedad sexual que necesita una operación quirúrgica. Los criterios socialmente definidos por los protocolos de reasignación de sexo organizados desde el nacimiento de los niños intersexuad@s, por ejemplo los que definen las normas de la virilidad, son entonces tan drásticas y caricaturescas que, aplicados al conjunto de la población, lanzan en la “anormalidad”, no natural si no que social, cerca de la mitad de la población masculina.

            La crisis del fundamento natural del sexo (F/M) permite mantener la relación  de género en lo que es, primero el efecto de una distorsión entre las teorías y la prácticas científicas, que es a la vez el efecto de la crisis y la solución de esa última. La crisis está mantenida como tal : es una situación científica de statu quo que soluciona un problema político, al saber la valoración de las categorías, no natural sino políticas, de sexos. Mantener la investigación del fundamento natural del sexo sin darla por terminada, utilizar «esperando algo mejor» un criterio dóxico-práctico - el género- : el obstáculo que produce una situación como esa, tan crítica, es claramente un obstáculo político relativo a una relación  de poder. En esa perspectiva, la crisis del sexo, la crisis,  es la expresión de la historicidad misma de una relación  de dominación que se modifique, mute, y deba constantemente definir otra vez su sistema categorial para asegurar las condiciones de reproducción. Pero, solamente una situación crítica permite una tal reconfiguración permanente. No obstante, la consecuencia es que ese sistema categorial es claramente exhibido como un sistema categorial social e histórico y no fundado en la naturaleza. Así, en ese sentido, la crisis permite al conocimiento médico funcionar, pero es también una constante toma de riesgo, una exposición del saber a estar cuestionado y  derribado, en la medida en la cual exhiba su propia historicidad. Así, los resultados de esa investigación realizada por un equipo alemán que aplique los criterios del «sexo» a la población declarada «normal» al nacimiento, invalidan la idea según la cual, la intersexualidad es un «error» de la natura que tendría que rectificarse, como -por ejemplo- rectificamos un colon inacabado. La situación de crisis da la ocasión de una producción de  datos que afirman la teoría en vigor. La crisis es también la ocasión de una producción de sabios heterodoxos contestatarios, que ponen en movimiento y concurrencia las teorías dominantes - por ejemplo, las producidas por las asociaciones de inter-sexuad@s (encuestas, testimonios, teorías de la sexuación concurrentes, prácticas de cuidado alternativo).


            A lo largo de la historia del sexo, el sistema categorial  que pre-avalaba, conoció crisis  de las cuales algunas, mantenidas en estado,  permitieron claramente  asegurar la reproducción de una relación de género. Al mirar esta historia, podríamos proponer una epistemología de la historia política de las ciencia que intente demostrar que la crisis debe paradójicamente estar definida  como modalidad posible del saber dominante, que garantiza el ejercicio de un poder y asegurarse de su reproducción, en tanto dispositivo de saber/poder histórico y siendo contestable y contestado. La propuesta, podría así permitir afinar nuestra definición del concepto del género. En esa perspectiva, el género puede ser como una relación que asegura esa reproducción  por una parte,  gracias a las mutaciones del sistema categorial sobre el cual se apoya. Pero, haciendo eso al ver y al saber de todos, como en el ámbito de protocolos para los intersexuad@s, se expone plenamente en toda su historicidad : su historia es la de esas múltiples crisis y de múltiples mutaciones que operan sobre los cuerpos, a merced de las relaciones de fuerza que lo amenazan. La capacidad normativa del género, el hecho que esa relación  social pueda llegar a esencializar las identidades sexuadas, a pesar de una normatividad natural polimorfa y liberal, entonces valora el mantener un régimen teórico y práctico en crisis. Frente a la multiplicidad de las configuraciones sexuadas posibles, la norma del género no llega a reducir a una binaridad pretendida «esencialista», sólo porque es una medida para operar  sobre esos cuerpos de constantes mutaciones.
Por Elsa Dorlin
Trad. Ilazki 
Gentileza de Emma Theumer

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