de Bolivar y sus multiples batallas hermenéuticas

Arar en el mar...
Por Santiago Espinosa


Como un brujo loco que abre su talismán invisible, en situación de delirio, como el Abad que muestra sus reliquias cuando ha perdido el control sobre los monjes, el presidente Chávez anda con su ataúd de plomo, arrastrándolo por calles y desfiles como un trineo de escombros. Dice que son los restos del Santo Padre, la prueba de que Bolívar murió envenenado por colombianos y no de decepción. Las Academias Colombianas dieron su parte de gangrena. Señalan que aquellos huesos son edificios de viento, que los reales se hicieron polvo en los terremotos de Caracas sin que a nadie le importara. Advierten que el corazón quedó en Santa Marta, y que ahora se guarda en los archivos académicos como otro arenque podrido, “para ilustrar a los muchachos”.
Y así han venido discutiendo toda la semana. Chávez busca un Uribe en la Noche en Septembrina, Uribe un apellido Chávez en las sorderas del Apure. Llevan una disputa política al terreno de los restos. Riñen los huesos del cadáver como dos hienas parricidas, y sus pueblos los aplauden como a gladiadores. Se olvida que los restos fueron llevados a Caracas en 1841 para que no los orinaran los patriotas en Santa Marta, un rito muy común para el turista colombiano. Que si se tardó el envío doce años, siguiendo con las órdenes del directamente implicado, fue porque en Venezuela habrían quemado los despojos como estopa de munición.


Cuentan que para entonces se enviaban delegaciones bilaterales para tazar los restos, existen documentos de archivo que lo demuestran. El funcionario caraqueño se llevaba una costilla, adornaría las urnas en el salón de cacería. El senador colombiano se llevaba un dedo para quién sabe qué juegos. Puede que al terremoto caraqueño no haya llegado más que el polvo. El resto se había sido repartido en las carnicerías diplomáticas.

¿De quién son estos huesos que expone Chávez? ¿En qué estomago descansa el corazón que se perdió en Colombia? Con estos gobiernos hay que andarse con cuidados, tienen por vocación los falsos positivos, como lo advierte Óscar Alarcón en su artículo de El Espectador. Si Chávez no hace con los despojos una nueva dentadura y Uribe con los tendones una fusta de motar, habría que darse por bien servido.
Este desollamiento con Bolívar no es nuevo, puede que sea tan viejo como la república, o ese deseo de profanar –digerir y desterrar- que sentimos los latinoamericanos frene a los cuerpos muertos de otros latinoamericanos. Porque el canibalismo sólo ocurrió en América cuando hubo mestizaje y algo de identidad, lo que hacían los indígenas era una práctica de duelo y no apropiación. En un país que ha asesinado a la muerte es de esperarse que el cuerpo de sus ídolos se vuelva plato de carroñas.
Unos toman sus frases para avalar negocios, nuevas privatizaciones. Otros su estampa de a caballo para darle romanticismos a una guerra que no es nada romántica. El liberal recuerda su interés en la república y con eso descansa, pide préstamos. El conservador habla de autoridades y con él justifica renovadas dictaduras. El guerrillero roba su espada cuando hay vientos de libertad, e igual la devuelve a las urnas con la sangre de los secuestrados. La Academia divide sus riñones en el rigor de los parciales.
"Aré en el mar y edifiqué en el viento"
Hay un Bolívar mestizo en los foros del librecambio, habla en inglés de Boston en las rondas de negocios. Hay un Bolívar criollo a la hora de repartir recursos y embajadas, un Bolívar que libera a los esclavos en las charlas de la mina y de la fábrica. Bolívar padre del indígena cuando hay que reclutar en los resguardos, Bolívar anti-razas en los planes de desarrollo.
Bolívar dictador, Bolívar guerrillero, Bolívar zambo y Bolívar Mantuano. Bolívar liberal y Bolívar conservador. Hay un Bolívar de extrema izquierda en el foquismo de Cuba, otro de extrema derecha en el fascismo de Alzate Avendaño. Bolívar santo, Bolívar pirata de puertos secos. Bolívar ídolo Bolívar calavera, Bolívar Don Quijote Bolívar de todos los billetes…
Cuántos de un solo Bolívar. El libertador se ha convertido en la graciosa concubina en el que cada necesitado planta un engendro.
La poesía, como un acto de reflejo de este saqueo, carne de su carne, o quizás como una manera de protestar contra éstas dinámicas, ha encontrado en Bolívar un inmenso arsenal de metáforas. Martí y Silva, los hacedores de una lengua, le escribieron sus respectivas odas. El cubano encontraba en su figura la esperanza de un pueblo que naciera de la tierra, libre y grávido como las palmas. El poeta de las sombras largas le canta a su estatua en un intento muy poco afortunado por encontrar un arraigo. Neruda y Huidobro, aire y cuerpo, dedicaron a Bolívar dos de sus poemas menos logrados. Había demasiado discurso en sus declaraciones.
Puede que haya un género entero dedicado a poemas sobre Bolívar y su estatua, y con el sorprendente resultado de que casi todos son francamente malos. En la poesía colombiana reciente -quizás porque reconocen su derrota- María Mercedes Carranza y Juan Manuel Roca escriben los mejores, y hay un poema que por su lucidez y belleza merece un puesto aparte: Simón Metálico, del poeta antioqueño Óscar Hernández. Este poema no sólo podría ser uno de los más bellos de la poesía colombiana, logra cristalizar la situación de todo un país con las palabras más sencillas, como el que responde a la violencia de su pueblo con la violencia de un verbo cotidiano más honesto, por fin solidario.
Para esta entrega quisiera contraponer dos poemas a Bolívar como quien contrapone dos países. El extraordinario poema de Hernández, un poeta que el país ha querido olvidar porque “nos incomoda su honradez”, como lo señala Santiago Mutis en algún texto, frente al poema de Miguel Antonio Caro, gramático, presidente de una republica que siempre se ha olvidado de los ciudadanos como Hernández, el mismo personaje que redactó La Constitución que rigió al país desde 1886 hasta 1990. Caro es, sin mayores discusiones, la imagen por excelencia del “país letrado”, la clase de sociedad a la que responde Hernandez con sus poemas “del hombre”.
El de Caro es la perspectiva de la historia oficial, escrita por quien tiene el poder de tomar las decisiones. El de Hernández es la perspectiva del ciudadano de a pie, que mira y sufre la historia desde los afanes y entuertos de la vida cotidiana. El de Caro es un intento por validar a América desde los códigos clásicos, y usa la estatua de Bolívar como un punto de quiebre para expresar su programa político y de fundación nacional. El de Hernández es el cuadro conmovedor del ciudadano que ve en la estatua una promesa rota, el testigo silencioso del tiempo y de las ciudades. El primero le canta a la gloria, eleva el personaje a lo programático, el segundo desacraliza la estatua devolviéndole al héroe su usurpada humanidad.
¿Qué es lo que tiene la grandeza de Bolívar que no tienen sus pares? ¿Por qué en su estatua se reúnen las promesas y el fardo de la derrota, y no en la de Washington o Parnell, Temístocles o San Martín? Quizás la ambivalencia del personaje se preste a los teatros y a las máscaras, se trata de una vida propicia para los injertos. La plasticidad de sus gestos se presta para hacerle una máscara mortuoria que se acomode a cualquier rostro.
Pero también hay en Bolívar la herida de lo irrealizado. La integración latinoamericana y la unidad nacional, un pueblo digno y soberano, ese país que se encendía en cada rostro y que se vislumbraba en sus discursos y proclamas, fue el último derrotado en el proceso de la independencia. Las frase “Aré en el mar y edifiqué en el viento” podría definir a América desde el centro de su Sísifo.
Ahora peleamos por sus restos y reclamamos paternidades, pero somos el mismo pueblo que le grito “longanizo” en su camino hacia el destierro, celebramos a los mismos presidentes que supieron traicionarlo, seguimos eligiendo a los mismos parlamentarios que pagaron los sicarios de Sucre en los estrechos de Berruecos. Simón Bolívar aparece en la plaza y en la escuela, en la estatua y el poema, como una realidad fantasmal de lo que fuimos y traicionamos, de aquello que pudimos ser y ya no fuimos; la esperanza de otros mundos y de otros rostros aún sin saber si estos mundos y estos rostros fueron tan deseables como lo cuenta la leyenda. Bolívar es el padre de la patria pero también es su víctima. Es un personaje condenado a la estatua pero también a la errancia. Un fantasma entre fantasmas. De pronto sea por eso que lo poetas no le cantan a la persona sino al monumento, al túmulo y no a las herencias.


A la estatua del Libertador (fragmento)
Bolívar, no fascina
a tu escultor la musa que te adora
“sobre el collado que Junín domina”.
Donde estragos fulmina
tu diestra de los incas vengadora.
Ni sordos atambores
oyó, ni en las abiertas capitales
entrar vio tus banderas tricolores
bajo lluvia de flores
y el estruendo de músicas marciales .
Te vio, si adolescente,
ya en el silencio de la gran ruina
que Roma encierra, apacentar tu mente,
la soñada frente
doblada al peso de misión divina.

Miguel Antonio Caro (1843-1909)


Simón metálico
 ¿Y quién no ha hablado de Bolívar?
¿Y quién no ha dicho que libertó muchas naciones?
¿Quién no conoce en los museos su vieja espada
o la chaqueta de guerra que se quedó detrás de un vidrio?
Todo eso está ya dicho, yo miro el mineral.
Bolívar y sus pantalones de bronce,
sobre todos los parques que libertó en América;
su espada de bronce, su caballo de bronce,
duro el ojo, parado en el último combate.
En todas las plazuelas de la tierra
le está cayendo musgo al padre,
musgo a su espada, musgo a todo su bronce
y a los flancos inmóviles de su caballo muerto.
Y colocan al fabricante de la libertad
una corona de hojalata para que dure unos días más,
se hacen al padre, al bronce y al caballo
largos discursos de hojarasca.
Mil veces han gritado: “El padre de la patria”
y sin embargo, el dueño de los ríos y los potros,
remasca su gloria de opereta,
de vitrinas oscuras, gloria de los rincones y los parques
donde no llega el jardinero sino a abrir su bragueta.
Pobre padre Bolívar, castigado en el bronce.
De aquí no sales más, le dijo el fundidor,
y vació sobre el barro metales derretidos.
A Bolívar le quemaron el alma
los estatueros de las fundiciones.
De aquí nos das un paso, le dijeron tres hombres
cuando lo anclaron bajo un árbol y un pájaro.
Bolívar está muerto, está muerto, está más muerto;
está apretado en su ataúd de bronce
como un grano de trigo entre dos rocas;
Bolívar está muerto en su caballo;
De aquí nos das un paso;
y su bota quedó en el aire suspendida
y su otro paso no lo ha dado jamás.
Las generaciones van todas a los parques.
Años atrás hablaban de la guerra,
nuestra “sangrienta guerra”,
con unos pantalones atados al tobillo.
Daban vueltas a la estatua y ponían
las zapatillas sobre el pedestal
y hablaban mal del tiempo.
Los políticos iban y decían “la patria”
lamían la palabra “República”
a la espera de comerse una sílaba;
y al fin llegaron las niñeras
que dan vueltas a la estatua con un tropel de hijos ajenos.
¿Quién no ha visto la espada de Bolívar
combatiendo al silencio en un museo
y a su pistola muerta disparando epopeyas?
¿Quién no sabe que libertó cinco naciones?
¿Y que empuñó este continente como un sable
desde el puño nudoso de Colombia?
¿Qué fue soldado y tísico?
De aquí no das un paso, caballo de bronce de Bolívar:
los espolines de tu dueño
no punzan más que el viento en sus ijares.
Padre Bolívar de rincón de parques,
estás muriendo nuevamente cada tarde.
***


Simón, alimentado de victorias,

con los cubiertos de la guerra

colgando de sus huesos,

come pisadas de palomas,

intimidad de insectos,

siestas de golondrinas

en los pliegues de piedra de su capa.

Simón, hijo del padre y de espada,

dando albergue a los pájaros.

Simón batalla que envainó los gritos

en todas las cubiertas de los árboles

se nutre ahora de un silencio metálico.

Simón universal, Simón América,

guarda como una plaza fuerte

la sombra de sus parques,

sus invisibles puertas y su hierro.

Conquistador de estanques y de araucarias,

te hemos cambiando el llano por los peces,

los Andes por una niebla oscura,

te cambiamos la espalda por los pinos

y los estribos desbocados por una piedra muerta sobre el césped.

Te dan coronas tristes

cuanto tu estatua triunfa en el crepúsculo,

y por cada batalla con el viento

tienes cien mil cadáveres de hojas.

Oh, piedra resignada de Bolívar,

granito muerto, carne de museo,

polvo de tu guerrera,

Simón Bolívar de sable enmohecido,

libertador de fraguas y cinceles.

En esta América, tuya por tu brazo,

se va a morir tuberculoso el bronce.

Hernández (Medellín 1925)

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