11 tesis sobre el vino de anoche - Miguel Calixto del Corro
[De un agnóstico místico a un místico célibe]
[De un agnóstico místico a un místico célibe]
por Hernan Garcia
1- La historia de los hombres es la historia de la invención del lenguaje y la imposición de los nombres. Hay ahí una continuación de la violencia por otros medios. En mayor o menor medida una suerte de violencia hacia todo lo que es, pero también el decantado de las experiencias de millones de vidas humanas, a través de cientos de miles de generaciones. La tradición, con sus imposiciones y sus posibilidades.
2- Toda comunicación es, constitutivamente, un acto de comunicación y un acto de soledad. Nadie puede calzarse el alma de alguien más por lo que nadie puede verterse y ser comprendido tal como es o tal como quiere. Pero, a la vez, ningún alma llega a existir ni elabora sus condiciones de existencia sin la fricción con el alma de los otros.
3- El amor es también esa tentativa imposible en la que solemos insistir. Como Ítalo Calvino abrazando desesperadamente a la mujer que amaba, llorando por sentir con la misma intensidad su belleza simple y la sospecha de la imposibilidad de ser comprendido. Pero hay que llegar a la tesis 11.
4- La prueba de la soledad irreductible es también la prueba de la compañía posible. De algún modo, cuando nacemos y cuando morimos estamos irreductiblemente solos. Y, sin embargo, siempre que nacemos lo hacemos con alguien más. Es de desear que la fragilidad de cada quien, en el momento en que nos toque partir, sea sostenida y saludada por la mano también frágil de los otros.
5- Existen las buenas y las malas soledades, como existen las buenas y las malas compañías. Hay una mala soledad que es aquella que se vive como opresión de sí, como una tribuna insultándonos por dentro, como intento imposible de escaparse de uno mismo. Hay también buenas soledades: el silencio ante el mar o desde la montaña, la mirada perdida en el mundo que pasa a través de la ventana del tren o el colectivo, la compañía íntima de conversaciones, gestos y silencios que llevamos en nosotros. Aquello a lo que los griegos llamaron filautía (la amistad consigo mismo) y que la tradición posterior llamó “tener la conciencia tranquila”. E incluso un cierto modo de estar triste, sabiendo acompañarse en la tristeza.
6- Una tarea ético-política: allí donde haya el dispositivo pastoral de la culpa, inventemos dispositivos para la transformación de lo que es.
7- Lo malo y lo bueno son aquello que dijo Spinoza: composición de relaciones –con el mundo, con los otros, con nosotros mismos– que disminuyen o aumentan nuestra potencia de obrar. Nos apocan o nos amuchan: cuanto más somos capaces de componer tanto y tantos más somos. En el límite, nuestra finitud compone y descompone a partir del encuentro con las cosas –y la sensibilidad atenta al modo en que cada encuentro nos afecta es el hilo que tenemos a mano en medio de este laberinto. Más allá de todo límite, Dios-es-decir-la-Naturaleza, es la composición de todo con todo, incluso a través de la necesaria descomposición de nuestras finitudes.
8- Todo intento de dar nombre a aquello a lo que algunos llaman dios [la mayúscula no hace sino magnificar la distorsión] es una blasfemia: no puede apresarse lo ilimitado, la danza cósmica, en un concepto finito. La historia de las religiones es, entonces, la historia de los nombres que los hombres usaron para decir –y, a menudo, olvidar– su experiencia de aquello que por principio no puede recibir nombre más que en la forma de una definición ostensiva e imposible: un dedo que señala a la cara oculta de la luna junto con su cara visible y luminosa.
9- Por eso existen modos de lo religioso cifrados en el relato sensible de una vida: dioses que se encarnan, se abajan, se hacen a imagen y semejanza de lo humano (antropofagia de lo divino). Por eso existen modos de lo religioso que trabajan el concepto para tratar de contornear y capturar lo indefinible, lo sin límites (abstracción de la teología). Por eso existen también otros modos de lo religioso que trabajan diagonalmente en la negación del límite (avatares de la teología negativa). En ciertas tradiciones orientales se acostumbra a rezar los mil nombres del dios para negar cada uno de ellos. Esto no es dios. Esto tampoco. Esto tampoco. Ni Yaveh, ni Alá, ni Krishna, ni el Dolar Blue. Ni el Sumo Bien, ni la Suma Verdad, ni la Suma Belleza, sino más bien la resta. El vacío que queda entre las manos luego de beber –o dejar correr– el agua recogida de la vertiente.
10- Danza cósmica (Zoroastro creando el mundo con un baile). Naturaleza (Spinoza excomulgado con la lente puesta en lo infinito). Pachamama (una doña allá en el Norte brillando su silencio con cada surco de la cara, al pie de una apacheta). Jemanjá (una emoción indecible ganando el pecho mientras las flores blancas van y vienen entre las olas). Jesús de Nazaret o cualquier otro hombre o mujer o transexual, deshaciendo la Ley con el mandamiento principal (y siendo traicionado por quienes lo cristificaron).
11- También la amistad tejida de ciertas conversaciones, las distintas intensidades (todas indecibles) del encuentro entre amantes, la escucha de un cuadro o una canción, la alegría súbitamente venida desde no sé dónde, la íntima certeza (sin garantías) de estar en el lado correcto en la lucha. Hay teólogos que dicen que dios no es sino mediación: dios es los otros y una intimidad con uno mismo que nuestra relación con los otros posibilita. Hacemos la experiencia de una vida a través de los encuentros. El grado máximo de potencia del encuentro lleva, en varios lenguajes humanos, la palabra "amor" en sus diversas declinaciones. Igual que el ser para Aristóteles, se dice de muchas maneras – y aún espera otras tantas conjugaciones, ritmos y entonaciones por inventar.
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