Pizarnik- Escrito con un nictógrafo Arturo Carrera by user3405853
Sobre Erzébet Báthory, la condesa sangrienta
Nace en 1560 en el seno de distinguida familia de la aristocracia húngara. Su primo sería primer ministro de Hungría y un tío suyo rey de Polonia.
Cuando contaba 15 años fue casada con el conde Nadasdy, conocido como "El Héroe Negro", quien la lleva a vivir a un alejado castillo en los montes Cárpatos.
El conde no demora en ser convocado a siempre lejanas guerras. Al cabo de muchos momentos de espera, Erzébet (Elizabeth) -quizás aburrida por el aislamiento- comienza a realizar salidas del castillo, y al fin conoce a un joven noble -a quien la gente del lugar llamaba "el vampiro" debido a su extraño aspecto- con quien inicia un apasionado romance. De regreso al castillo -y quizás ya desinhibida de ataduras morales- mantiene relaciones lésbicas con algunas doncellas.
Desde ese momento, amparada en las largas ausencias del conde, comienza también a interesarse por la brujería, rodeándose de una corte de hechiceros y alquimistas.
A medida que pasan los años la belleza que la caracterizaba se fue naturalmente degradando, y preocupada por su aspecto pide consejo a una vieja bruja nodriza. Ésta le señala que la sangre humana tiene el poder de rejuvener la piel y le sugiere que los baños con sangre de jovenes doncellas pueden conservar la belleza eternamente.
En esa época nace su primer hijo, al que siguen tres más, y si bien su papel maternal le absorbe la mayor parte del tiempo, en el fondo le resuenan aquellas palabras de la nodriza: "belleza eterna".
Al poco tiempo caería su primer víctima: una joven sirvienta la estaba peinando, e involuntariamente da un tirón de sus cabellos. La condesa, irascible, le propina tal bofetada que la sangre de la joven se derrama en su mano, a cuyo contacto la cree sentir más suave, concluyendo que la sangre ciertamente rejuvenece los tejidos. Con la ambición de recuperar la belleza de su juventud -tiene cuarenta años- ordena que corten las venas a la aterrada joven y viertan la sangre en una bañera.
A partir de ese momento, los baños de sangre serían su casi única obsesión, hasta el punto de recorrer los Cárpatos en un carruaje negro en busca de jóvenes víctimas, a quienes seducía prometiéndoles empleo en el castillo. Si el engaño no resultaba se procedía al secuestro, con la total impunidad que otorgaba la pertenencia a la aristocracia. Una vez en el castillo, las víctimas eran encadenadas y acuchilladas en los sótanos por un verdugo, un sirviente o la propia condesa, con el fin de desangrarlas y verter la sangre en la bañera. Ya ella dentro de la pila, ordenaba que derramasen la sangre de las víctimas por todo su cuerpo y luego, con el fin de prolongar la sensación de suavidad en la piel y acentuar el oscuro placer que ello le provocaba, ordenaba que un grupo de sirvientas elegidas lamieran su cuerpo desnudo empapado en sangre. Si estas mostraban repugnancia o recelo, ordenaba torturarlas hasta la muerte. Si por el contrario reaccionaban de forma favorable, la condesa las recompensaba.
En ocasiones algunas jovenes que distinguían por su belleza eran mantenidas con vida y encerradas largos años en los sótanos del castillo, a fin de extraerles periódicamente pequeñas cantidades de sangre mediante incisiones, que la condesa bebía.
Cráneos y huesos eran utilizados por los hechiceros del castillo, convencidos que sólo los sacrificios humanos daban resultado en ceremonias y rituales.
Durante diez años los aterrados lugareños vieron el tétrico carruaje con el emblema de la condesa Báthory rastrear la zona en busca de adolescentes, las que ya dentro del castillo nunca más se las volverían a ver.
Los cadáveres eran sepultados en las inmediaciones del castillo, hasta que finalmente, por desidia o descuido, eran abandonados a cielo abierto, sirviendo como alimento de las alimañas.
Algunos aldeanos aseguraban escuchar gritos estremecedores salir del castillo, y comenzaron a extenderse rumores de que algo extraño sucedía. Finalmente los aldeanos rondan las inmediaciones del castillo y encuentran una docena de cadáveres, desencadenándose una espontánea revuelta popular. Se declaró que el castillo "estaba maldito y era residencia de vampiros". Los ecos de la revuelta llegaron hasta la corte.
Acusar a una familia aristócrata en esos tiempos era casi siempre algo infructuoso, sobre todo si -como en este caso- el acusado tenía amigos cercanos al poder. Por ese motivo el soberano no presta demasiada atención a las quejas populares. Pero finalmente, presionado, acepta enviar una comisión militar, la que irrumpe sorpresivamente en el castillo de la condesa Báthory en 1610. Los soldados encuentran en el piso del gran salón el cuerpo pálido y desangrado de una mujer; otra aún con vida, pero terriblemente torturada y con un objeto metálico incrustado en su cuerpo con el fin de extraerle la sangre; y una última, ya muerta, salvajemente azotada, desangrada y parcialmente quemada. En los alrededores del castillo, desentierran cincuenta cadáveres.
En los calabozos de los sótanos encuentran gran cantidad de niñas y jóvenes con vida, muchas tenían señales de haber sido sangradas en numerosas ocasiones. La condesa y algunos de sus brujos son sorprendidos en una habitación del castillo en medio de un sangriento ritual. Todos son detenidos y conducidos a prisión; las víctimas aún con vida son liberadas y devueltas a sus familiares. Los crímenes de la condesa Báthory habían durado aproximadamente diez años.
En el juicio sobraron las pruebas para condenar a Elizabeth Báthory. Ésta confesaría haber asesinado, junto a sus cómplices hechiceros y verdugos, a más de 600 jóvenes y haberse bañado en "ese fluído cálido y viscoso a fín de conservar su hermosura y lozanía".
Le seducía el olor de la muerte, la tortura y las orgías sangrientas. Decía que todo ello poseía un "siniestro perfume". Sus cómplices fueron hallados culpables, decapitados o quemados en la hoguera.
Báthory, contando con el privilegio de pertenecer a la nobleza y ser amiga personal del rey húngaro, fue condenada a una lenta agonía: la emparedaron en su propio dormitorio del castillo, dejando una pequeña abertura por donde le pasaban agua y algunos pocos alimentos. Sobrevivió cuatro años en ese oscuro y reducido habitáculo, cohabitando con sus propios desechos corporales y quizás con insectos y ratas, sin intentar comunicarse ni pronunciar ninguna palabra. En algún momento decidió no tomar más los desperdicios que le introducían como alimento, iniciando una "huelga de hambre", tal vez para conmover al rey. Al fin muere consumida en el año 1614. Contaba 54 años de edad. Paradójico fin de quien había perseguido la belleza eterna.
Cuando contaba 15 años fue casada con el conde Nadasdy, conocido como "El Héroe Negro", quien la lleva a vivir a un alejado castillo en los montes Cárpatos.
El conde no demora en ser convocado a siempre lejanas guerras. Al cabo de muchos momentos de espera, Erzébet (Elizabeth) -quizás aburrida por el aislamiento- comienza a realizar salidas del castillo, y al fin conoce a un joven noble -a quien la gente del lugar llamaba "el vampiro" debido a su extraño aspecto- con quien inicia un apasionado romance. De regreso al castillo -y quizás ya desinhibida de ataduras morales- mantiene relaciones lésbicas con algunas doncellas.
Desde ese momento, amparada en las largas ausencias del conde, comienza también a interesarse por la brujería, rodeándose de una corte de hechiceros y alquimistas.
A medida que pasan los años la belleza que la caracterizaba se fue naturalmente degradando, y preocupada por su aspecto pide consejo a una vieja bruja nodriza. Ésta le señala que la sangre humana tiene el poder de rejuvener la piel y le sugiere que los baños con sangre de jovenes doncellas pueden conservar la belleza eternamente.
En esa época nace su primer hijo, al que siguen tres más, y si bien su papel maternal le absorbe la mayor parte del tiempo, en el fondo le resuenan aquellas palabras de la nodriza: "belleza eterna".
Al poco tiempo caería su primer víctima: una joven sirvienta la estaba peinando, e involuntariamente da un tirón de sus cabellos. La condesa, irascible, le propina tal bofetada que la sangre de la joven se derrama en su mano, a cuyo contacto la cree sentir más suave, concluyendo que la sangre ciertamente rejuvenece los tejidos. Con la ambición de recuperar la belleza de su juventud -tiene cuarenta años- ordena que corten las venas a la aterrada joven y viertan la sangre en una bañera. A partir de ese momento, los baños de sangre serían su casi única obsesión, hasta el punto de recorrer los Cárpatos en un carruaje negro en busca de jóvenes víctimas, a quienes seducía prometiéndoles empleo en el castillo. Si el engaño no resultaba se procedía al secuestro, con la total impunidad que otorgaba la pertenencia a la aristocracia. Una vez en el castillo, las víctimas eran encadenadas y acuchilladas en los sótanos por un verdugo, un sirviente o la propia condesa, con el fin de desangrarlas y verter la sangre en la bañera. Ya ella dentro de la pila, ordenaba que derramasen la sangre de las víctimas por todo su cuerpo y luego, con el fin de prolongar la sensación de suavidad en la piel y acentuar el oscuro placer que ello le provocaba, ordenaba que un grupo de sirvientas elegidas lamieran su cuerpo desnudo empapado en sangre. Si estas mostraban repugnancia o recelo, ordenaba torturarlas hasta la muerte. Si por el contrario reaccionaban de forma favorable, la condesa las recompensaba.
En ocasiones algunas jovenes que distinguían por su belleza eran mantenidas con vida y encerradas largos años en los sótanos del castillo, a fin de extraerles periódicamente pequeñas cantidades de sangre mediante incisiones, que la condesa bebía.
Cráneos y huesos eran utilizados por los hechiceros del castillo, convencidos que sólo los sacrificios humanos daban resultado en ceremonias y rituales.
Durante diez años los aterrados lugareños vieron el tétrico carruaje con el emblema de la condesa Báthory rastrear la zona en busca de adolescentes, las que ya dentro del castillo nunca más se las volverían a ver.
Los cadáveres eran sepultados en las inmediaciones del castillo, hasta que finalmente, por desidia o descuido, eran abandonados a cielo abierto, sirviendo como alimento de las alimañas.
Algunos aldeanos aseguraban escuchar gritos estremecedores salir del castillo, y comenzaron a extenderse rumores de que algo extraño sucedía. Finalmente los aldeanos rondan las inmediaciones del castillo y encuentran una docena de cadáveres, desencadenándose una espontánea revuelta popular. Se declaró que el castillo "estaba maldito y era residencia de vampiros". Los ecos de la revuelta llegaron hasta la corte.
Acusar a una familia aristócrata en esos tiempos era casi siempre algo infructuoso, sobre todo si -como en este caso- el acusado tenía amigos cercanos al poder. Por ese motivo el soberano no presta demasiada atención a las quejas populares. Pero finalmente, presionado, acepta enviar una comisión militar, la que irrumpe sorpresivamente en el castillo de la condesa Báthory en 1610. Los soldados encuentran en el piso del gran salón el cuerpo pálido y desangrado de una mujer; otra aún con vida, pero terriblemente torturada y con un objeto metálico incrustado en su cuerpo con el fin de extraerle la sangre; y una última, ya muerta, salvajemente azotada, desangrada y parcialmente quemada. En los alrededores del castillo, desentierran cincuenta cadáveres.
En los calabozos de los sótanos encuentran gran cantidad de niñas y jóvenes con vida, muchas tenían señales de haber sido sangradas en numerosas ocasiones. La condesa y algunos de sus brujos son sorprendidos en una habitación del castillo en medio de un sangriento ritual. Todos son detenidos y conducidos a prisión; las víctimas aún con vida son liberadas y devueltas a sus familiares. Los crímenes de la condesa Báthory habían durado aproximadamente diez años.
En el juicio sobraron las pruebas para condenar a Elizabeth Báthory. Ésta confesaría haber asesinado, junto a sus cómplices hechiceros y verdugos, a más de 600 jóvenes y haberse bañado en "ese fluído cálido y viscoso a fín de conservar su hermosura y lozanía".
Le seducía el olor de la muerte, la tortura y las orgías sangrientas. Decía que todo ello poseía un "siniestro perfume". Sus cómplices fueron hallados culpables, decapitados o quemados en la hoguera.
Báthory, contando con el privilegio de pertenecer a la nobleza y ser amiga personal del rey húngaro, fue condenada a una lenta agonía: la emparedaron en su propio dormitorio del castillo, dejando una pequeña abertura por donde le pasaban agua y algunos pocos alimentos. Sobrevivió cuatro años en ese oscuro y reducido habitáculo, cohabitando con sus propios desechos corporales y quizás con insectos y ratas, sin intentar comunicarse ni pronunciar ninguna palabra. En algún momento decidió no tomar más los desperdicios que le introducían como alimento, iniciando una "huelga de hambre", tal vez para conmover al rey. Al fin muere consumida en el año 1614. Contaba 54 años de edad. Paradójico fin de quien había perseguido la belleza eterna.
Extraído de El Ortiba (link)
llustrated Book : ''La Condesa Sangrienta'' 2009
Written by Alejandra Pizarnik Illustrated by Santiago Caruso
Written by Alejandra Pizarnik Illustrated by Santiago Caruso
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