
La experiencia transexual empieza por una sensación de extrañeza por el propio cuerpo.
No ajustamos. No nos levantamos con la naturalidad con que otras personas se levantan cada mañana, sintiendo que las letras de la palabra yo se prolongan con toda sencillez por las líneas, la forma, las características, el peso de su cuerpo.
No se miran en el espejo con el pasmo que nosotras nos vemos. O con la angustia con que nos vemos.
Sin embargo, esta sensación no la tenemos sólo nosotras. Rosa Chacel escribió unas frases que entendí profundamente, referidas a que las guapas, cuando se miran en el espejo, creen ser lo que ven, mientras que las feas saben que no son lo que ven.
Por lo tanto, las personas feas tampoco son lo que vemos; las miramos, y vemos su apariencia; ellas son otra cosa.
También hay diferencias entre ellas y nosotras; en ellas, simplemente es la conciencia de un desajuste social, que va a tener consecuencias para su vida, quizá desprecios, quizá burlas, dificultades para ser queridas, dificultades para tener hijos.
En nosotras, puede ser la conciencia de una biografía, cuyas experiencias, cuyos sentimientos, cuyos golpes, cuyos consuelos, nos han llevado a pensar que seríamos más felices como hombres (pero somos mujeres) o como mujeres (pero somos hombres), algo tan sencillo, tan frecuente, a veces tan profundo como eso; o a veces, la conciencia de un desajuste hasta biológico; el cuerpo nos pide hacer cosas que hacen los hombres, pero no tenemos el cuerpo de un hombre; o no nos lo pide, y no ajustamos, y sin embargo tenemos el cuerpo de un hombre.
Nada de esto es patológico. Ni siquiera los golpes o los traumas son patológicos, porque forman parte de la vida diaria de cada ser vivo. Son adaptativos. “O crece o muere”, dice el adagio; o “lo que no mata, engorda”, su versión popular; son desafíos naturales que pueden servir para mejorar.
Tampoco son patológicos los desajustes entre un cerebro más bien de un sexo y un cuerpo más bien del otro; son parte de los ensayos y variaciones que continuamente realizan las fuerzas de la naturaleza; a veces, de ellos surgen formas de vida mejor adaptadas a un medio determinado, nuevas, llamativas por desusadas.
Sólo es patológico lo que compromete la vida. Y nuestras vidas pueden ser completamente sanas, pero nuevas, hasta mejor adaptadas.
El descubrimiento del error del binarismo ensancha nuestra visión y nuestras posibilidades.
Nuestra cultura considera que sólo hay dos sexos, perfectamente delimitados, y lleva esto al límite de establecer dos sexos legales, y obligarnos a todas las personas a meternos en uno u otro, cuando la realidad es mucho más compleja. Cuando descubrimos que este binarismo no se ajusta a la realidad, inmediatamente nos encontramos con un espacio nuevo para nosotras.
Porque puede ser que hayamos querido simplemente ser hombres o mujeres, en contradicción con la apariencia de nuestros cuerpos, pero también puede ser que el binarismo, que también hemos aprendido, nos lleve a decirnos “si no soy del sexo A tengo que ser del sexo B”, ignorando que hay también otras opciones.
Cuando lo sabemos, puede ser que nos adaptemos mejor situándonos en un plano intermedio; o que descubramos que no tenemos necesidad personal de operarnos, o de hormonarnos, o de obedecer a los cánones que rigen el sexo A y el sexo B.
¿Por qué los seres humanos vamos a tener que obedecer sumisamente a un aspecto de la naturaleza, cuando toda nuestra historia, desde que se inventó la agricultura, hace diez mil años, consiste en transformar la naturaleza?
Y menos aún, cuando la interpretación de lo que es natural, resulta errónea, como se ve en el caso del binarismo, cuando una supuesta norma natural se ha convertido en enemiga de los seres verdaderamente naturales que van naciendo.
Las únicas normas morales, en nuestras transformaciones de la naturaleza, necesarias para nuestra supervivencia, es que sean verdaderamente necesarias y que estén al servicio del hombre, y vemos que esas consideraciones suelen ser justamente las que les dan fuerza a nuestros cambios.
A fin de cuentas, puede ser que nuestra búsqueda sea la de una mejor adaptación personal a la realidad. ¿Por qué va a ser mejor someterse a modelos colectivos que seguir un modelo personal?
Una vez encontrado, puede ser que definamos nuestras afinidades, las personas con quienes nos sentimos más semejantes, con quienes nos entendemos mejor. Así conciliamos la necesidad de ser nosotros mismos con la de formar parte de una comunidad: la de los hombres (difusos), la de las mujeres (difusas) o las muy variadas de quienes no somos hombres ni mujeres (más difusas que cualesquiera otras)
Vemos que nuestra experiencia transexual nos lleva a la experiencia más profundamente humana que puede haber: la de sentirme yo.
La de reconocer la importancia de este yo, aparentemente pequeño, insignificante, casi invisible, pero que soy yo, que estoy aquí, que me pongo en mis propias manos.
Ante mí tiemblan los totalitarismos, los colectivismos, porque acabo venciéndolos. Nada masivo puede más que los sucesivos yo que vamos levantándonos, muchos machacados, pero siempre reviviendo otros.
La transexualidad es centralmente humana porque la pregunta por la identidad es una pregunta sobre el yo.
Por eso, las personas transexuales acabamos diciendo. “Yo soy persona”, es decir, no hombre, no mujer, no intersexual, sino conciencia.
Yo existo del todo cuando comprendo que yo soy yo, que estoy aquí, ahora. Distinta de lo que no soy yo. Yo soy distinta de mi cuerpo. Soy distinta de mi sexo.

El hallazgo del espacio interior me revela mis diferencias con el espacio exterior; yo que veo soy distinta de lo que veo. En cada uno de nosotros humanos el sujeto absoluto es distinto del objeto absoluto. Éste es el fundamento último de la disforia de género y la transexualidad.
Pero es el fundamento último de la humanidad. Yo soy distinta de mis circunstancias. ¿He nacido pobre, he nacido rico? Yo no soy eso, yo soy quien nace en cualquier sitio que no sabe. ¿He nacido guapa, he nacido fea? No lo sé, hasta que me lo dicen o me veo en un espejo. ¿He nacido lista, he nacido torpe? Es cuestión de suerte.
No me puedo enorgullecer de nada, como si fuera mío. No me pertenece nada, me lo he encontrado. Yo miro la vida, y en eso soy igual que todas las otras personas.
Yo descubro también que me corresponde un cuerpo que me agrada o no. Yo descubro que me corresponde un sexo que me agrada o no.
En cada persona transexual hay un distanciamiento entre su subjetividad y su objetividad, o entre lo que soy yo por dentro y lo que soy yo por fuera. Este distanciamiento es el normal de los seres humanos cuando aprenden lo que tienen que aprender. Vivo como un verdadero ser humano.
La transexualidad es un conjunto de experiencias y sentimientos que llevan, de una manera viva, a conocer mi diferencia y libertad respecto a todas las determinaciones y las ligaduras.
Y permite que a la conciencia de opresión siga la de liberación. Permite así la experiencia no sólo de los lazos, sino de la rotura de los lazos. Una vez que se han visto rotos, siguen rotos, aunque todavía no lo estén. También es transexual, libre, quien sigue bajo la fuerza de sus circunstancias o de sus compromisos personales. Ya las paredes de la cárcel no existen. El campo está abierto.
Kim Pérez 05-10-2009
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