La vida al servicio de las máquinas

Cada vez es más fuerte la hiperdependencia de los artefactos eléctricos y tecnológicos. El impacto de ese fenómeno en la cultura contemporánea y en nuestra vida cotidiana

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Por JUAN BECERRA
Escritor
En su asombroso último libro, Teoría del ascensor (Jeckill & Jill, Zaragoza, 2016), Sergio Chejfec se interna a fondo en paisajes, objetos, recuerdos y lecturas, de las cuales la de un libro de entrevistas a W.G. Sebald publicado en inglés lo obliga a detenerse en una respuesta, en la que Sebald dice -la glosa es de Chejfec- que “si uno instala en su casa un sistema de circuito cerrado, tendrá la impresión, al ver las imágenes, de que la gente vive para prestar servicio a las máquinas”. La observación es reveladora porque descubre aspectos trillados pero al mismo tiempo invisibles de la vida cotidiana dominada por los artefactos, sobre todo los alimentados con energía eléctrica.
Supongamos que una persona de clase media y mediana edad, habituada a sentir como extremidades íntimas a los artefactos vinculados a la aceleración de los procesos que sostienen la cultura en la que vive, se levanta de la cama un día cualquiera. ¿Qué hace? Una secuencia posible sería: se despierta con la alarma de su teléfono, abre Whatsapp, Facebook, Twitter e Instagram para leer y ocasionalmente escribir (en todo caso también vigilar las cuentas de las personas que la obsesionan); va a la cocina sin abandonar el teléfono, abre la heladera, se sirve café de la cafetera, tuesta el pan en la tostadora, saca de la heladera la manteca o la mermelada y enciende el televisor para ver el reporte del tiempo y las noticias mientras sigue exprimiendo el teléfono y levanta la taza para tomar el primer trago del día.
Todo eso ha sucedido en poco más de media hora y ha implicado una relación con seis artefactos y varios sistemas. La experiencia es la de la robotización naturalizada. Esa persona no sabe lo que está haciendo, ni que lo que hace sea posiblemente lo mismo que hacen sus vecinos. Pero lo que siente es que la mañana le ha dado una primera satisfacción a la sed de supervivencia (las tostadas con manteca y el café con leche calman a las fieras) y la ilusión de una individualidad panperceptiva.
Por cuestiones de antropocentrismo, es decir de narcisismo colectivo, no creemos que les prestamos servicios de esclavitud a las máquinas sino que las máquinas son nuestro valet. La presión evolutiva de la cultura empuja sobre las máquinas para obtener de ellas más servicios. El resultado inadvertido es una dependencia que sólo se asume en modo catástrofe cuando... se corta la luz.
Vivimos una ciudad en la que los cortes de electricidad han comenzado a crear rutinas de claroscuros, pero cuando eso sucede trayendo consigo efectos mágicos (ahora lo ves, ahora no lo ves), la oscuridad nos ofrece un viaje en el tiempo que hay que aprovechar. Retrocedemos hacia escenas rembrandtianas: la luz de una vela en la oscuridad. ¿Qué se puede hacer? Personalmente me pasa que leo compulsivamente a la luz oscura de las velas. Leer me parece la consecuencia natural de un corte de electricidad, no porque sea lo único que se puede hacer sino porque es la escena perfecta para hacerlo. La vela es el objeto precursor de la tecnología ambiental. En La casa: historia de una idea, de Witold Rybczynski, se cuenta que la vela fue inventada por los fenicios hace 2400 años. Si bien su luminosidad era inestable y mortecina -cien velas iluminan menos que una bombilla de 60 watts-, no fue superada por las lámparas de aceite (Leonardo Da Vinci fracasó en su perfeccionamiento) hasta que en 1783 Ami Argand inventó la lámpara Argand, una mecha protegida por un cilindro de vidrio.
La luz eléctrica probó su eficacia en el alumbrado público de París en 1877, luego en Londres y, en 1882, en Nueva York, donde Edison tendió una red de cables subterrános de 2,5 kilómetros a la redonda para abastecer a 200 millonarios entre los que se encontraba el protofinancista J. P. Morgan, cuyos sucesores les están dando tantas satisfacciones a la economía argentina que no para de crecer.
El contacto con el libro de Rybczynski nos empuja a irnos por las ramas. Pero, en resumen, la vela y todas las fuentes de luz artificial que se sucedieron después de Gütemberg tuvieron como principal objetivo iluminar la lectura nocturna de libros de papel, una experiencia de interiores que entre 1920 y hoy fue obligada a competir con la radio, la televisión, la PC y los smartphones con los resultados irreversibles ya conocidos.
En un texto de 1959 llamado De la plusvalía a los medios masivos, Norman Mailer le apunta a la cabeza del orden capitalista. Empieza con una frase demoledora de la que nadie puede decir que no sostiene la existencia de una verdad pura sin una gota de pérdida: “Nadie puede abrirse camino a través de El Capital, de Karl Marx, sin grabarse en la mente para siempre el conocimiento de que la ganancia debe provenir de la pérdida: con la energía perdida de un ser humano pagando por la comodidad de otro”. Es muy impresionante descubrir, como si fuera un planeta nuevo que siempre estuvo ahí, la correcta inversión del lenguaje que produce Mailer. Se supone por obra del cliché capitalista que el que paga lo hace con dinero, por lo que el concepto de pago sucedería exclusivamente en términos de economía monetaria: vos trabajás y yo te pago. Sin embargo, Mailer sostiene que el pago es en energía, es decir en pérdida de fuerza humana (digamos vida) destinada al trabajo que sostiene la comodidad de los otros.
Luego dice que el precio del jugo de naranja envasado obedece al cálculo inconsciente del empresario que lo fabrica y que sólo tiene en cuenta la comodidad del consumidor en relación a todas las molestias que evita: no hacer él mismo el jugo mezclando polvo con agua, no exprimir él mismo las naranjas, etc. Estamos frente a lo que Mailer llama ya en 1959 “la manipulación psíquica del ocio”, que vale para el jugo de naranjas pero también para el resto de los artefactos que aceleran los procesos de producción con el propósito de darnos un falso tiempo libre que no es otra cosa que un tiempo cautivo de consumo parecido a la experiencia de lobotomía. Si el capitalismo del siglo XIX fue una máquina de destruir cuerpos, el del XX (ni hablar del siglo XXI) “apunta a destruir la mente del hombre civilizado” del que depende la estabilidad de la economía. Y todo sucede en el tiempo de falso dolce far niente que llamamos descanso y que empleamos para la contemplación viciosa de pantallas, por donde entra en nosotros una realidad en forma de “ficción organizada”.
Todos, más o menos, estamos bailando la misma milonga. Encontramos en la masividad, paradójicamente, la aparente individualidad del “uno más” (el sujeto numérico reversible, invento ontológico del capital, ya sea para hacernos trabajar o consumir). Entonces, tienen razón Sebald, Mailer y también Chejfec, que encendió la mecha de estos párrafos: vivimos al servicio de las máquinas a tal extremo que no dejamos de servirles tanto en los niveles más íntimos de la vida como en el trabajo. Comemos conectados a las máquinas (y hacemos cosas peores) y las horas productivas son invadidas por la manipulación psíquica del ocio, donde la información en red nos quema literalmente la cabeza despertando en nuestro interior un menú de reacciones intratables. Conclusión: no hay descanso.
Lo que traen las máquinas con pantallas, a las que servimos mucho más tiempo que a las tostadoras y las cafeteras, son manifestaciones híbridas de realidad, donde la tasa de realidad varía de acuerdo a la tasa de ficción que la acompañe, y que siempre es alta porque la realidad es un fenómeno compositivo. Detrás de la relación del hombre con las máquinas de “contenido” parece vibrar la vieja estructura que sostiene la fe en todos los campos en los que aparece. Compuestos o no, los contenidos de las pantallas pulsan el botón de la credulidad o el rechazo frente a la ilusión de totalidad que representan. Pero faltaba algo. Superado el desafío de tener al alcance de un pase de digitopuntura el Aleph de la calle Garay en la alquimia de 4G y smartphone, la máquina va en busca de la conexión con el más allá.
En el Mobile World Congress 2017 que se realizó en Barcelona hace unos días, la empresa Elrois Inc. de Corea del Sur presentó una aplicación llamada With Me destinada a las necroselfies. La espeluznante prestación ofrece fotos y conversaciones con muertos que hayan tenido la suerte terrestre de quedar en los smartphones en imágenes 3D, es decir como avatares. La información almacenada es sometida a una inteligencia artificial que sube la imagen viva de la persona muerta al encuadre donde su deudo lo espera para el ¡click! y una charla corriente sobre cómo siguen las cosas en este mundo. Buenas noches. Que duerman bien.

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