¿De verdad?

Un amigo muy cercano preguntó a su novia:
"¿con esta dosis de pastillas podría dormir,
no solo un rato, es decir, hacerlo para siempre?"
Ella lo miró agotada, después de mucho padecer
y no entenderse. Él agarró su botella de Jack Daniels
y se acostó en su lado de la cama dispuesto
a engullirlas una a una. En el blister estaban todos:
su madre, su padre y su abuela (esperándolo)
felices y apenados, posados sobre una nube rosa,
haciéndole señas de que lo pensara mejor.
Así lo hizo, y ellos ahora tendrán que seguir participando.
Él no quería morir de todas formas, aunque fuera fácil,
tenía todavía tantas cosas para hacer...
Es que en ese momento solo buscaba algo
más allá de la nada o de la moda
de los cadáveres jóvenes desnudos
posados sobre un mármol con una sonrisa
de autoeliminación y orgullo tenso,
pero quién podría precisarlo.
Yo le pregunté: ¿qué perdiste amigo,
tu reflejo en el espejo biselado,
aquel que rige las conductas
de la auto preservación y salvaguarda?
Él contestó "perdí mi eje, pero no el de una carreta,
(nunca viví en el campo, aunque lo hubiera deseado)
ni tampoco el de un auto que funcionara a gas,
simplemente las ganas de ser simple.
Buscaba la dirección perdida de mi casa,
quise jugar a la muerte, dejar a los juguetes de madera,
el pato con el perro desnudo en la azuzena,
sobre la repisa helada, donde posé mis manos
una vez para buscarlos.
El camino hasta esa pradera
donde las hojas no paran de caer".
por Francisco Garamona

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