LLAMANDO A LOS AJAYU

Paul B. Preciado

MODO LECTURA
Hace unos días, María Galindo, artista y chamactivista Boliviana, pasó por Barcelona y fue a llamar a mi “ajayu” frente a la puerta del museo. María me explica que el  ajayu es para los aymaras como el alma, pero no el alma religiosa, sino el alma política: la estructura subjetiva que hace de cada uno de nosotros una singularidad viva.  Dicen que en el lugar en el que uno es herido, allí donde a uno se le rompe un sueño, queda el ajayu deambulando. Y el mío, asegura, debe andar por allí. Lo llama y lo espera cuidadosamente porque el ajayu, dice, es más frágil que el cristal, más delicado que la porcelana. Si lo pierdes es como si estuvieras muerto.
Mientras tanto yo camino sin mi ajayu por las calles de Nueva York, inmerso en el ruido zigzagueante de los helicópteros que observan cómo un escuadrón de más de mil policías dispersa a los manifestantes que protestan por el asesinato de Freddy Gray en Baltimore. Un dron, quien sabe si buscando el ajayu de Gray, pasa por encima de mi cabeza. Sólo sus luces intermitentes, rojas y verdes, son visibles en la noche. Estos son los tiempos del dron, pienso. Abro mi teléfono y la entrevista en la que Bruce Jenner, mundialmente conocido por su pasado deportivo, habla de su cambio de sexo con Diane Sawyer es trending topic. Hubo el tiempo del halcón y de la paloma, pero ahora ya estamos en el tiempo del dron y del tuit. El tiempo de la vigilancia estelar y de la auto-vigilancia mediática. Y no sé si soy Charlie Hebdo o no, pero seguro que, vagabundo y sin mi ajayu, medio muerto y medio vivo, soy una mezcla improbable de Freddy Gray y Bruce Jenner.
Los paparazis esperaban ya desde hace días que Bruce Jenner saliera a la puerta de su casa de Malibu con vestido y maquillaje. Le esperaban como la policía espera a que un cuerpo no-blanco mueva una mano para empezar a disparar. Querían verificar si se había extirpado la nuez, si le han crecido los pechos. La mayor democracia neoliberal del planeta distribuye las oportunidades de vivir, de ser considerado ciudadano político, de acuerdo a epistemologías visuales binarias: diferencias sexuales, raciales y de género. Twitter se incendiaba como si un vestido de rayas verdes fuera una colt 45 –en realidad, en 32 estados norteamericanos Bruce podría llevar una colt 45, pero no un vestido–. Y luego llega la entrevista en televisión y Bruce dice: “Soy una mujer.” Intenta desesperadamente encontrar reconocimiento en la esfera pública dominante a través de un ejercicio atlético de auto-nominación. Pero rápidamente se disculpa: le pueden seguir llamando “él”, no quiere herir a nadie, lo más importante son sus hijos, es un buen patriota. No hay reconocimiento sin normalización. Los aymaras dirían que se ha dejado robar el ajayu. Y de repente, ese estudio de televisión, el salón de cualquier casa conectado al canal ABC, cualquier ordenador, este teléfono móvil se convierte en un quirófano multimedia en el que se lleva a cabo una operación de reasignación sexual. La globalmente íntima conversación con Diane Sawyer toma ahora el lugar que en otro momento tenía el freakshow, la clínica o el juzgado. La entrevista condensa todas esas retóricas: la confesión, el diagnóstico y la evaluación médica, el castigo público, la sumisión al sistema. Cualquier tentativa de poner en cuestión la metafísica de la presencia se estrella contra la pantalla.
No hay una relación lineal entre la mejora de las condiciones de vida de las personas transgénero y el aumento de su visibilidad en los medios de comunicación. El salto de Jenner a la primera línea de Google es sólo un paradójico desplazamiento político: es al mismo tiempo un movimiento estratégico por el reconocimiento de otras formas de vida, pero también se trata de un proceso de control y vigilancia de género a través de los medios de comunicación. Es en ese estrecho espacio de convenciones y normas donde nuestro género es constantemente fabricado, pero también donde puede ser puesto en cuestión. El género sólo existe como efecto de esos procesos sociales y políticos, fallidos o naturalizados, de representación –el ajayu no tiene género–. Pero, ¿dónde estará entonces el ajayu de Bruce Jenner? Desde aquí lo llamo. 

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