versiones y versiones sobre el mar

Podría decirse que en la totalidad imaginaria que es la literatura para cada uno las ocasiones de intervenir se dan por partes. Y en esas partes, en la partición genérica del todo, a Fogwill le interesaba mucho lo que suele llamarse “poesía”. Aunque la palabra “interés” no dice demasiado sobre el grado de atracción que sentía por las palabras enganchadas a un ritmo. En ese ámbito, se podía intervenir de muchas maneras, no sólo escribiendo nuevos poemas sobre viejos temas, o encontrar temas nuevos para los ritmos recurrentes, sino también detectando a nuevos poetas, leyendo y señalándole a la tribu que la lengua seguía viva y se modificaba porque otras voces la entonaban y la retomaban.
Al revés que las olas del mar que de lejos parecen una superficie uniforme, los poemas debían verse más bien dentro del ritmo que enlaza la superficie del idioma, plegándola, con cada cuerpo que llega para seguir su impulso, o para resistirse al impulso. Era la historia del amor por la lengua y el conteo y la celebración de la reproducción de los cuerpos. Así, cuando tenía menos de veinte años, leí por primera vez, en una revista porteña, el poema “Versiones sobre el mar”, cuya sonoridad y cuya sintaxis me fascinaron. Leíamos en voz alta con amigos, como le hubiese gustado a Fogwill, a quien entonces no pensaba que conocería en persona. La escritura reclamaba nuestras voces. Pero aquella forma sufriría lo que su título anunciaba: era una versión más. Fogwill nunca dejaba de corregir sus versiones. El mar parecía el mismo, pero el poema obedecía a una mano y a una audición de ritmos. El poema no se resignaba a ser sólo un texto, una cosa en el mundo de las cosas. Mantener viva la voz que escribe, sostener esa gratuidad de lo que se da porque sí, lo que se escucha venir, eran los objetivos secretos de aquella celebración marina.


Por Silvio Mattoni

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