Existiría la creencia de que los esquimales tienen más de veinte
palabras distintas para decir veinte tipos distintos de hielo o de nieve.
Habría, por ejemplo, una palabra esquimal para decir el hielo que se
quiebra ante el menor contacto con un pie pequeño.
Otra para la nieve cayendo.
Otra para la nieve cayendo por la noche.
Otra para la nieve cayendo por la noche iluminada por una linterna.
Y otra más aún para decir la consistencia esponjosa de la
nieve, por la noche, cayendo en la palma de la mano derecha después de
habernos quitado el guante de cuero de foca, no sin esfuerzo, con los
dientes (porque la mano izquierda sostiene, todavía, una botella).
Y así.
En una superficie regida por el blanco, el cuerpo y el lenguaje se
habrían calibrado como un instrumento de altísima precisión para
incubar en el infierno helado de lo mismo un mundo de diferencias, y
habitarlo.
Ahora bien, la lingüística tiene sus serios reparos sobre todo esto…

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