Hace
casi nueve años me tocó hablar en la Comisión de Derechos Humanos de
Naciones Unidas. Tres minutos de corrido, leyendo un texto en inglés,
impreso y borroneado. Me había puesto el traje que me había cosido el
sastre judío de mi librero judío, y una corbata de mi mejor amigo. En un
bolsillo del traje tenía un títere en forma de diablillo comprado un
día en el Paseo de las Artes, y tenía puesto un par de zapatos de vestir
que había comprado para la ocasión y que, por suerte, nunca más volví a
usar.
Había llegado a Ginebra como parte de una delegación de
activistas que estaban ahí para pelear por la Resolución Brasileña
(¿alguien se acuerda?). Y, en particular, como parte de un grupo que
coordinaba una amiga muy querida, Alejandra Sarda.
Cada cual había tenido su oportunidad ahí, al fondo del Comisión -y
cada cual aprendió en su día que, sin importar el horror, nadie
escuchaba.
Volví a la Comisión el año siguiente, cuando ya la Resolución
estaba perdida y solo quedaba luchar por otra Resolución, espantosa:
Ejecuciones Extrajudiciales, Abritrarias, Sumarias -también perdida,
finalmente. Volví a Ginebra tiempo después, para presentar los
Principios de Yogyakarta; frente a otras cuestiones, la protección
frente a los abusos médicos (el Principio 18) parecía hablar más de un
futuro arduo que de un presente realizable.
El ultimo informe
del Relator Especial sobre Tortura identifica, por primera vez, el
sometimiento de niñ*s intersex a intervenciones "normalizantes" no
consentidas como un asunto para su Mandato. Es decir: como formas de
tortura, trato cruel, inhumano o degradante, entonces: como violaciones a
los derechos humanos.
No sé poner en palabras lo que sentí al
leer el Informe. Quisiera escribir "felicidad", pero no es ni la
palabra ni el sentimiento; para que el Relator Especial sobre Tortura
diga que una práctica es tortura debe existir una masa crítica de
testimonios de sufrimiento, de pruebas irrefutables de dolor, de
cicatrices contadas y numeradas. Algo ha cambiado, sin embargo, y
seguirá cambiando.
Ese día de 2004, me acuerdo, terminé de
leer y me puse de pie para cederle el espacio a quien leía después.
Alejandra y yo nos abrazamos, y otr*s nos abrazaron -y si tuviera que
pensar en un festejo para este Informe, yo lo nombro: la persistencia de
ese abrazo.
Por Mauro Cabral
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