Emmanuel Biset escribe tres hipótesis (Desmitologizar y articular Tres hipótesis sobre el kirchnerismo), de las cuales sólo me voy a concentrar en una, la segunda. Adjunto debajo de mi respuesta su escrito que recomiendo leer antes de éste porque no me he dedicado a reconstruirlo totalmente. No se cuándo se escribió, ni por dónde circuló, ni cuál era su destino y si tuvo alguna respuesta. No me tomé el trabajo de rastrear los circuitos de su lectura, no los frecuento. Me llegó con un mail de un amigo, junto con algunas notas que salieron en la Revista X de “La Voz” del Interior, panacea de verdaderas polémicas, claro. Su redacción es evidentemente cercana y me senté a responderla porque más allá de Biset, creo que representa a un sector que se arrimó, se sumó al kirchnerismo, lo que es buenísimo, pero que a mi entender lo hace desde una vieja postura progre y académica sobre el kirchnerismo y el pueblo peronista que, por lo menos, amerita una reflexión.
Hemos pagado demasiado caro la ilusión de poder vivir sin ilusiones. El progresismo y cierta izquierda, con sus viejos prejuicios iluministas, les entregaron siempre los mitos populares a los fachos, perdiendo una de las dimensiones fundamentales de la vida social, y desconociendo las formas desmesuradas y originarias que nos damos los pueblos para vivir en sociedad. ¿Acaso se puede vivir políticamente sin templos, sin mitos?
No es la primera vez que en Argentina, desde los gabinetes universitarios en nombre de la “crítica” (que sacan de sus maletines y no de los dramas sociales de la realidad) se homologan las expresiones del peronismo (palabra (no)extrañamente ocultada en las hipótesis de Biset) y sus mitos, con el riesgo del totalitarismo. Como si la crítica y su apología no corriera el mismo riesgo. Como si la crítica pudiera sustraerse de las exigencias de la conquista y de la conservación del poder. Ahí están, tratando de escribir El kirchnerismo dentro de los límites de su mera razón.
El mito de Néstor en particular, porque a decir verdad son muchos los mitos que constituyen el kirchnerismo, no se vislumbra para Biset como dimensión creativa que pueda tejer las expectativas y posibilidades de los hombres; sino que su constitución se percibe sólo como ejercicio de simulación, dominación y conservación de lo que hay. Separando el mito de la crítica Biset se equivoca y le resta toda la impronta liberadora que juntas pueden resguardar ambas dimensiones de la vida social. Es que algunos prefieren permanecer en la posmodernidad de la deconstrucción y el sentido extinguido; mientras otros consideramos que hace falta que la emancipación ofrezca un rostro a contemplar, para que los individuos desmigajados de los ´90 existan como sujetos de un discurso colectivo que de sentido a la multiplicidad de sus combates. Emmanuel Biset nos dice:
“Por paradójico que resulte, la mayor debilidad de esta posición política [la del kirchnerismo] no se encuentra en la embestida de una oposición enclenque, de medios fagocitados por la pérdida de su aura, ni un campo que teme por su riqueza extraordinaria, no, la debilidad surge de la construcción de un mito que no sólo fija las fronteras en una especie de identidad cerrada, sino que termina por hacer del hombre y del movimiento algo fuera de las complejidades del mundo concreto”
Pocas veces se ha visto el nacimiento de un mito, como aquél del 27 de octubre, que en lugar de fijar fronteras permitió la incorporación masiva de los más diversos sectores a una identidad común y abierta, sin dejar de recordarnos la persistencia de ciertos antagonismos excluyentes, que revelan la impronta contestataria de la cual ha surgido esta identidad. El mito kirchnerista y peronista surge de las complejidades del mundo concreto, no las sustituye sino que las expresa; el mito de Néstor vino a mostrar una realidad (entre otras la de la juventud en la plaza) y no a ocultarla; el mito de Néstor arrojó un esperanza en medio de la mezquindad, el hambre y la desesperación, le dio otra intensidad a la vida. Pero la crítica académica, lo sigue viendo como represión de lo genuino, ilusión, anestesia de las mentes (para no retomar la vieja empatía que establecen siempre entre peronismo e irracionalismo). Pero Biset sigue:
“El riesgo es, para decirlo con brevedad, querer hacer de ese momento mítico una mitología. Esto significa, ante todo, hacer del kirchnerismo una especie de religión que no sólo conlleva la construcción mitológica del hombre excepcional, sino de un dogma que demanda una creencia absoluta y que tiende a reducir la pluralidad, la complejidad, y así la riqueza, de eso que podríamos llamar el kirchnerismo. El riesgo actual, entonces, está no en la crítica al kirchnerismo, sino en su constitución como un mito que sólo posibilita una identificación apologética. Digámoslo de otra forma: el mito no fortalece, sino que debilita la misma constitución del kirchnerismo.”
El verdadero riesgo es abandonar el mito, exorcizarlo desde los pedestales de la crítica contemplativa que tanto molestaba a Marx, y no asumir que el mito es parte de esa pluralidad, complejidad y riqueza que tanto le preocupa defender a Biset. En todo caso, la crítica tendrá que mostrar que el poder del mito es y siempre fue una creación humana, un problema a resolver en el drama colectivo de la política argentina, pero en ningún caso negarlo, porque es negar una de las expresiones que eligen los pueblos para su vida pública. No es con un solo plano de discernimiento que comprendemos la diversidad del mundo, y eso es lo pretende Biset, subordinar a su razón “blanca” a los que han decidido construir desde un mito fundante al que cataloga de acrítico. Sólo voy a dar un ejemplo de la criticidad del movimiento kirchnerista al interior de la historia argentina: frente a la trágica muerte de Mariano Ferreyra, la juventud y la principales filas del peronismo nacional y popular, evidenciaron un intento destituyente de la derecha argentina y no respondieron con un solo gesto que pudiese iniciar un espiral de violencia, frente a ésta, su reacción fue el repudio y el pedido de juicio y castigo. Hay que estar empeñado para no ver semejante autocrítica histórica en las concepciones de las organizaciones del campo popular.
El mito de Néstor no actúa como legitimación del orden social que vivimos (esa es la lectura de Nelson Castro y todos los lacayos columnistas de Fontevecchia, cuyo paralelo con las preocupaciones de Biset es por lo menos inquietante; http://www.perfil.com/ contenidos/2011/03/12/noticia_ 0060.html). La figura de Néstor nos da la posibilidad de ir más allá de lo dado, es una apertura que vivimos todos los días, cargada de tristeza y alegría, porque su recuerdo es presente y su muerte no es un trasto viejo como estima Biset, o estima que han logrado provocar los medios sobre su muerte. Hay que dejar de medir los tiempos sociales y públicos con la métrica mediática, aún para realizar su crítica, porque queda entrampada y niega la vida que eligen los pueblos, para quien la muerte de Néstor sigue doliendo más que la mierda. Pero aquí el dolor asume distintas formas de valentía, entre ellas, la de nuestra presidenta, la más impresionante de todas. Donde el dolor y el coraje van juntos y no separados como quieren los cobardes acongojados o los valientes de mármol, ambos personajes bastantes ajenos a la política.
Pero Biset insiste “hoy por hoy la debilidad, el riesgo, se encuentra en la fagocitación del mito. Contra eso: la crítica.” Vuelve a leerse el temor infundado de algunos sectores de clase media. Temen perder sus privilegios simbólicos y representativos en el avance de las mayorías y sus propias representaciones. La crítica se tiene que ejercer sobre aquello que se levanta como dominación; el problema de Bisset es que identifica todo aquello que escapa a sus representaciones como pérdida de la libertad, riesgo, debilidad y no con la profunda transformación del imaginario político argentino y fundamentalmente de su realidad. Entendamos la crítica con el mito no contra el mito, permitiendo que el mismo siga siendo un motivo de movilidad de lo real y no su sojuzgamiento.
Biset luego afirma que “algunos quisieron luego de la muerte de N.K. salir a cazar brujas con una especie de carnet de identidad que poseerían los verdaderos kirchneristas”. No sé en que país estaba Biset, pero lo que se vivió y vive es la incorporación masiva de nuevo sectores a la militancia kirchnerista y no su exclusión; que las distintas organizaciones pretendieran y pretendan un protagonismo distintivo no es un dato alarmante, es una de las tantas dificultades que impone estar dispuesto a disputar el poder real en las relaciones de fuerza actuales y no sólo ser un espectador desde el cordón de la vereda que resguarda a las “almas bellas” de la multitud que serpentea conflictivamente por la calle. A Biset lo que le faltó, porque siempre le falta a la intelligentzia, es una hipótesis creativa sobre las prácticas constituyentes de las masas y una perspectiva de reconstrucción del poder, donde un mito es cierto que puede enmascarar la dominación pero también puede ser el lenguaje en que se expresa la lucha de los excluidos. Acá hay una apuesta.
Un hombre común que fue presidente en situaciones extraordinarias; origina un mito laico, profano, precario, absolutamente reparador y es una identidad colectiva que no menoscaba a los sujetos sino que recupera para ellos una vitalidad perdida, oprimida. El mito de Néstor y de todo el kirchnerismo se reconstruye sobre viejas poéticas emancipatorias, en el mito de la voluntad nacional y popular de Gramsci, en el de la huelga general de Sorel, en el mito de Mariátegui, en el de Scalabrini, en el del gordo Cooke, en el de Astrada… y en el de todos aquellos que comprendieron que los hombres crean cuando una fe los mueve, pero que es una fe que forma a los hombres y mujeres no en la renuncia y la debilidad, sino en la fuerza y en la acción. La tarea no es desmitificar, la tarea es reconocer el papel de lo imaginario como parte del devenir histórico y no como su negación, es recordar constantemente el origen histórico del mito kirchnerista y peronista, habitado por múltiples tiempos y particularidades. Y no olvidar que la política tiene en la vida en común de un país una relación con lo insondable que para comprender habría que volver a emocionarse.
No es afrenta, es polémica. Un saludo.
Garrido, J.
Mito sin mitología
por Emmanuel Biset
Arrojarse a una escritura a la que uno no está habituado resulta siempre un riesgo: el vacilar de aquellas seguridades que producen comodidad. Algo de eso aparece en la interpelación que surge al intercambiar, enviar, circular, escritos de intervención.
Esto ha sucedido con un breve escrito titulado “Desmitologizar y articular” que he escrito hace un tiempo, ha circulado por diversas vías y ha merecido diversas respuestas. Sólo puedo agradecer las lecturas efectuadas, todas ellas atentas, rigurosas, invitando a continuar las reflexiones. Quisiera decir un par de cosas en torno a estos intercambios.
Primero, debería señalar que en su mayoría las observaciones que me han realizado me han servido para continuar pensando. No tengo respuestas para las respuestas que me han enviado, me convocan a seguir. Mucho menos podría afirmar, o reafirmar, puntos de partida iniciales que son sólo eso, puntos de partida. De hecho, el título de “hipótesis” indica eso, pensamientos precarios en movimiento.
Segundo, las respuestas han girado, algunas de ellas por lo menos, en torno a la desmitologización. Algunas lecturas han visto allí una postura iluminista que enfrenta la crítica racional al mito oscurantista. Oposición que no podría suscribir, no sólo por trayectoria intelectual (pues si la oposición fuera entre razón y oscurantismo, posiblemente las lecturas que vengo realizando hace un tiempo estarían más cerca de lo segundo que de lo primero), sino que creo que debilita la discusión. Hace tiempo algunos pensadores señalaron, incluso, el carácter mítico de la misma idea de crítica. En ningún caso la desmitologización que considero importante como estrategia kirchnerista se ubica en la necesidad de una razón que ilumine esa supuesta oscuridad. No creo en la oposición entre razón y mito. Menos aún en una interpretación que ubique al mito sólo en el campo del totalitarismo y autoritarismo. No sólo porque veo aquí una visión reductiva del mito, sino porque considero que el mito es fundamental en política, aún más: no hay política sin mito. En resumidas cuentas, un dualismo maniqueo del tipo razón vs. mito resulta no sólo precario históricamente, sino poco interesante para las discusiones teórico-políticas.
Tercero, y por todo esto, se trata de complejizar la noción de mito tratando de mostrar las múltiples dimensiones que lo componen. No sólo dando cuenta de su carácter irreductible, sino indicando su carácter interrumpido. En este sentido, desmitologizar quizá pueda ser traducido como la tarea infinita de interrumpir el mito, no de abandonarlo por cierto. Por ello diría que se trata de un pensamiento del mito sin mitología. Donde «crítica» deja de designar el tribunal de la razón que juzga, para entenderse como un trabajo que no niega al mito, sino que lo lleva a su límite.
¿Será posible un mito sin mitología?


Comentarios
Publicar un comentario