Emmanuel Biset*
¿Cómo ser fieles al silencio?
Los feriados suelen trazar un hueco en nuestro tiempo regulado. Se detiene el mundo y nos deja un rato hacer lo que se nos antoja. Así desperté el día del último censo, pero al asomarme a las noticias quedé mudo. Había muerto N.K. No podía narrar, relatar, comentar lo sucedido. A veces sólo queda eso: abrazar un cuerpo cercano y dejarse habitar por la sustracción del lenguaje.
Quizá ese silencio hablaba de una época, aquella que comenzó a dibujarse desde el 2003, donde la palabra política cobró un nuevo sentido. Durante cierto tiempo la política estuvo en otra parte, porque supo confundirse con tranzas mafiosas, porque el individualismo parecía irrebasable, porque lo público desapareció en manos privadas. Hijos de esa derrota, de una política que buscaba eliminar la política, hijos de otras derrotas, nos refugiamos en una felicidad privada sin la posibilidad de transformación social. Y cuando quedaba únicamente eso, comenzó otro tiempo donde nos volvimos a sentir interpelados por la cosa pública, por el carácter conflictivo de los asuntos comunes. Eso que parecía una pieza de museo, la política, volvió a mostrarse como el espacio de disputa, litigioso por definición, en el cual se dirime una u otra forma de lo social.
Quizá ese silencio hablaba de un tiempo en el cual la justicia, esa palabra difícil, irrumpió para conmover cualquier tranquilidad. Si durante algún tiempo la política fue sinónimo de corrupción, también es cierto que surgieron nuevos sabios que identificaron política con gestión. Como si se tratara de administrar bien, pulcramente, sin conflictos, con eficiencia y eficacia. No, no se trata de eso, sino de indicar que la política es conflictiva porque no nos conformamos con las cosas como están. La justicia es el nombre de una incomodidad con el mundo en que vivimos, con la injusticia como sufrimiento, con un estado de cosas que no marcha bien. Se trata la imposibilidad de estar tranquilos ante el dolor del mundo.
No sé, no sabría, de dónde viene esa fuerza que nos deja mudos. Sólo esto: no nos deja quietos, es una fuerza, una potencia que mueve. Y allí no se juegan nombres particulares o un gobierno específico, sino un colectivo que asume que la política no sólo es la gestión de lo posible, sino la lucha por aquello que parece imposible: dibujar una política que asume la justicia como su tarea.
*Aparecido en "ciudad X" revista, periòdico La voz del Interior.

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