Desarticulaciones es un relato bello, descarnado, que no avanza porque no hay hacia dónde.
¿Sobre qué escribe quien escribe sobre la enfermedad del otro?
¿Qué sabe la escritura que uno no sabe?
Con estas preguntas, y otras, trabaja Sylvia Molloy en Desarticulaciones, un breviario sobre el fin de una historia de amor, un ensayo sobre los abismos que separan a los protagonistas de un vínculo amoroso (de cualquier orden) cuando el vínculo se disuelve, un diario sobre los efectos de la demencia del otro en la conciencia de uno.
¿Qué dice de uno la enfermedad del otro cuando el otro ya no tiene memoria, no tiene identidad o parece que no la tiene, cuando el otro es un ser que ejerce sin saberlo una lógica para la que no estamos preparados?
Cuando el yo del otro se desintegra, se disuelve, queda suspendido en una enunciación que no sabe que lo enuncia, desarticula -sin saberlo, sin intención, sin malicia- el yo de uno, y en este caso concreto desarticula el yo del sujeto que escribe.
Quien escribe, entonces, queda suspendido en un lugar sin identidad. Antes, quizás en el mismo lugar, existía un espejo. En ese espejo uno se mirará siempre, aun cuando la relación amorosa ya no exista (o haya dejado de existir antes de la enfermedad). Ahora es el silencio. La imagen propia desaparece de un espejo que ya no nos refleja. Pero no porque el otro no hable, si no porque la palabra del otro carece para uno, para nosotros, de lógica o sentido.
Por eso uno escribe necesariamente sobre uno mismo.
La escritura no sabe a priori.
Es a medida que se despliega que la escritura comienza a decir lo que uno no sabe.
La escritura describe el balbuceo del otro. Y al hacerlo uno da cuenta de su propio sin sentido, aislado, separado del otro por un vacío en el que nadie ni nada tienen la entidad que tuvieron en otro tiempo.
Cuando el otro no puede dar cuenta de sí, y menos aún de su enfermedad, uno se mira en un espejo roto que nos devuelve la peor imagen: esa en la que quedamos pendientes de una palabra que el otro no dirá. En la demencia senil, además, el lenguaje suele conservar una cierta noción de sí, una estructura, y una forma que suele emplearse para ser cordial pero no para decir lo que uno espera porque el otro no sabe no sólo quién es sino tampoco quién es uno.
La palabra entonces es azarosa, y nombra casi siempre algo de uno como si no fuera de uno, o como si no formara parte del presente de uno, si no desplazándose, en un presente continuo que no fluye ni se intercambia con nada, que no avanza hacia el futuro pero tampoco hacia el pasado.
¿Qué queda de la amistad, de la seducción, de la sensualidad, del amor, del erotismo o de la sexualidad cuando el otro ya no es el mismo sino otro otro, cuando ya no es un espejo, o cuando es un espejo sin sujeto de la soledad?
Desarticulaciones es un relato bello, descarnado, que no avanza porque no hay hacia dónde. El único futuro es la desolación final. El puro silencio. Ya un alfajor no le hará decir al otro “Alfonsina” para que uno crea, por ejemplo, que detrás de las apariencias el otro habla de Mar del Plata. Ya la muerte tampoco tendrá sentido. Ni se lo dará a lo que no muera con ella.
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