La poderosa inventiva del intendente Posse me ha permitido volver a uno de mis temas favoritos: la cultura argentina, sus intelectuales, los vericuetos de sus espectáculos de masas me siguen provocando. Pero, como afirmé hace algunas semanas, en torno de los fantasmas paranoicos de la inseguridad se están librando batallas claves para las libertades públicas y los derechos ciudadanos. La monumental idea de un muro que separe a los buenos de los malos contribuye, por el absurdo, a demostrar cuánta razón venimos teniendo en este debate: pura desmesura electoralista, en un distrito donde el peso simbólico de La Horqueta parece superior al peso demográfico de La Cava; el muro de Posse ya está inscripto en la larga lista de vergüenzas de nuestra clase política.Afortunadamente, las reacciones públicas han sido más o menos abrumadoras en repudiar este desaguisado: un muro es mucha cosa, es demasiado notorio como para hacerse el burro, y a nadie se le escapó el sentido de la metáfora. La pared possista era lo más parecido a un gueto que se les podía ocurrir a los apóstoles de la discriminación y la persecución de clase como “remedio” para la inseguridad. Y entonces, a pesar de tanta pena de muerte y aberraciones por el estilo, aquí la “opinión pública” se dio cuenta de que se había ido demasiado lejos. Mejor aun: de que aún no ha llegado su hora.
Sin embargo, el muro permite más análisis. Por un lado, es interesante señalar que el debate parece enfrentar a algunos que sostienen que la razón de la inseguridad está en la pobreza –y ésas serían las posiciones sensibles, luego progresistas, luego garantistas– contra aquellos que de tanto creer en la libertad de mercado profesan el culto de la responsabilidad individual y de la igualdad de oportunidades y por consiguiente predican el castigo implacable a los que fracasan en el intento. En esta ocasión, queda claro que Posse, siguiendo el camino simplista que le marca el discurso derechista hegemónico, cree en ambas cosas a la vez, aunque sin la sensibilidad: la culpa es de los pobres, pero en vez de redimirlos lo que hay que hacer es aislarlos. Cambiemos el foco: la raíz del posible aumento de la violencia urbana –que todavía precisa de una cuantificación más científica que el “mapa del delito” de De Narváez– está en el contraste, en la diferencia, no en la pobreza (que es cruel y es mucha) sino en la exhibición grosera de una riqueza directamente basada en el aumento de la miseria. Está en el espectáculo del consumo suntuario, jactancioso, prepotente e indiferente ante la radicalización de la decadencia de la vida cotidiana de las clases populares. Es decir: el problema no está en un polo sino en la intersección de los dos. Y luego, entre tantos otros factores que seguiremos discutiendo, se agregan la segmentación, las fracturas de una sociedad que no se piensa como tal sino en el uso descontrolado del término “la gente” para no describir nada. Allí, el muro de Posse es pura redundancia que no debiera sorprendernos.
Sí debemos indignarnos, porque no ha pasado una semana desde que los Posses se exhibieron llorando a mares la muerte del padre de la democracia. Posse no es uno más de los punteritos de barrio devenidos intendentes peronistas del conurbano; con su padre llevan 26 años de intendentes radicales en San Isidro, y su desvío consistió apenas en ser como Cobos: ayer kirchnerista, hoy radical alfonsinista de duelo. Entonces, es bueno recordar que el primer caso que mostró el modo en que estos sectores quieren resolver la cuestión de la inseguridad fue en 1985, en Ingeniero Budge, cuando la Bonaerense mató a tres chicos y fue amparada por el poder político de turno: el gobierno radical de Armendáriz. Desde entonces, Duhalde perfeccionó el sistema, Ruckauf lo volvió eslogan y De Narvaéz promete llevarlo a su clímax: la pena de muerte la aplica cotidianamente la policía. El muro, entonces, es pura coherencia. De peronistas y de radicales; que alguien, por favor, me explique la diferencia. Vuelvo a la metáfora del muro.
Hace una semana, Martín Kohan publicó una columna brillante en Perfil, en la que relaciona las barrabasadas de Susana Giménez y Menem –una reclamando el servicio militar, el otro los tanques en la calle– con el Martín Fierro y el Facundo. Como bien señala Kohan, si releyéramos los clásicos entenderíamos que José Hernández “denunciaba en la primera parte de su poema (…) cómo el propio Estado genera las condiciones sociales para los delitos que después se dispone a sancionar”. Siguiendo en esa senda, la primera solución que se pensó para la “inseguridad” que generaban los indios fue la zanja de Alsina –o sea, el muro de Posse. Pero luego las clases dominantes fueron más radicales y optaron por la conquista del desierto –un genocidio disfrazado de pacificación. Estamos aún a tiempo de evitarlo.
Dos propuestas
ResponderEliminarSe habla de “guerra al delito”, se dice “combatir la delincuencia”. ¿Son metáforas? Se puede suponer que lo son. Pero no pocas veces las metáforas terminan desencadenando literalidad y hasta realidad. No debería sorprendernos entonces que, a fuerza de recurrir a esa clase de figuras bélicas, los reclamos sobre inseguridad hayan ido a parar al Ejército. Dos ejemplos recientes y notorios: Susana Giménez, que alcanzó el éxito televisivo por haber sabido convertir en simpatía y espontaneidad lo que era error y desconocimiento, propuso el restablecimiento del servicio militar obligatorio. Carlos Menem, que alcanzó la Presidencia de la Nación por haber sabido convertir en simpatía y espontaneidad lo que era error y desconocimiento, reclamó que las tropas salieran a las calles a velar por la seguridad. Dos ideas simétricas y complementarias: una pretende eliminar el delito llevándolo de la calle a los cuarteles, la otra exige salir de los cuarteles a la calle para poder eliminar el delito. Acuartelar, desacuartelar: ¿dos propuestas para el siglo XXI? Más bien dos propuestas del siglo XIX. Giménez cree referirse al servicio militar obligatorio, pero en verdad está apuntando a la leva forzada: eso que leímos en el Martín Fierro de Hernández: que el delito se castiga con la incorporación obligada a las tropas regulares. Menem por su parte imagina un escenario de guerras civiles, como si habitara algún capítulo de Facundo de Sarmiento, total ya nadie se acuerda de cuando quería parecerse al caudillo Quiroga. Pero lo que Sarmiento se planteaba frente al rosismo no era la relación entre el Estado y el crimen, sino el trágico problema de un Estado criminal. En Argentina el Estado ha sido criminal varias veces; por eso es tan importante que se avance ahora en el juicio a los represores de la última dictadura militar. Y lo que Hernández visiblemente denunciaba en la primera parte de su poema es cómo el propio Estado genera las condiciones sociales para los delitos que después se dispone a sancionar. En eso sí aquellos textos del pasado pueden en parte iluminar el presente. ¿Será por eso que son nuestros clásicos?
por Martin Kohan
aparecido en http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0352/articulo.php?art=13581&ed=0352
Si, el problema es que en el Facundo, el tema principal no es la denuncia a un estado criminal, sí está en uno de los grandes temas que desarrollará a lo largo del libro, pero desde el principio lo que propone es una clara programática: el problema de la Argentina es la extensión de su territorio, se debe, según Sarmiento, delimitar las fronteras hacia el sur (hacia el "desierto"), para que no haya "peligro". Igual que en Martín Fierro, el tratamiento a los "indios" y a los negros, es una aberración, asi que hay que tener mucho cuidado en el recorte interpretativo de estos "grandes clásicos argentinos".
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